11.7.08

Democracia joven

La universidad pública, ese gran tesoro


CRISTIAN SALVI
El Eco de Tandil, 13 de julio de 2008.

Con el propósito de introducir en los medios el análisis de algunas discusiones sobre la educación superior, la presente es la primera de una serie de notas que se desarrollarán durante el año y que abordarán cuestiones referentes a la universidad.

Se han cumplido 90 años de la Reforma Universitaria, por lo que bien vale reflexionar sobre algunos de los legados de este movimiento revolucionario. En rigor de verdad, todo el movimiento reformista se ha llevado a cabo en largos períodos, que surgen con la universidad misma y se desarrollan hasta la actualidad si se considera que los debates sobre el papel de las casas de estudio es objeto de reflexión permanente en los claustros. Pero el movimiento que estalló en Córdoba en 1918 representa el más claro ejemplo reformista, y se incardinó en la ola de democratización general que vivía el país, cuyos antecedentes más importantes fueron la célebre Ley Sáenz Peña (1912), la asunción de Yrigoyen al poder (1916) y las huelgas iniciadas en 1917 por la Federación Obrera de Ferrocarriles. La Universidad de Córdoba era el símbolo de una larga tradición oligárquica, nada democrática y bastante antiilustrada, como había advertido Sarmiento décadas antes comparándola con la España que evitó la entronización del Renacimiento para mantener una cosmología medieval.

La influencia de la Reforma se extendió a toda Latinoamérica y a buena parte de Europa, y entre sus legados están diversos valores que hoy se han plasmado en la normas, como la democratización; el cogobierno (léase la participación de los alumnos en el gobierno de las universidades); la autonomía respecto al poder político; la libertad de cátedra, que es parte de una libertad mayor que se ramifica también en la crítica académica y el disenso; y la gratuidad, que será objeto del análisis de hoy.

Un derecho con provecho social
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La gratuidad fue un tema se discutió desde los albores de nuestra Nación, y, lamentablemente, en Argentina no tiene una expresa consagración normativa respecto a la educación superior. Se la menciona en la Constitución, sí, pero junto a la “equidad” que también se ha interpretado (incluso por la Corte Suprema) como una restricción de la gratuidad. Por su parte, la actual Ley de Educación Superior, dictada en la privatizadora década del 90, directamente permite el arancelamiento del grado. De todos modos, la educación de grado es gratis en Argentina pues sólo en algún caso (como en la Universidad de La Rioja) se cobran pequeñas cooperadoras que no implican un arancelamiento porque es un pago voluntario e irrisorio. Es de esperar que se sancione el proyecto de la nueva ley que definitivamente asegure la gratuidad.
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Según Sarmiento, en al Asamblea Constituyente de 1860, es “falso que pudiese existir una educación gratuita, desde que sus gastos se han de cubrir con el dinero de los contribuyentes que forman el tesoro público”, por lo que no puede decirse técnicamente que la educación es gratis en el sentido que la economía denomina a los bienes libres –como el aire-, sino que la educación es gratis en tanto los que la disfrutan no pagan directamente por ello ya que los contribuyentes aportan para ese fin.
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La “gratuidad” no es, en definitiva, un derecho natural (como la vida o la libertad), que valen en sí mismos, sino que es, podríamos decir, un “derecho instrumental”, que está consagrado por el provecho que genera. He aquí su fundamento. Se trata de una inversión de la sociedad, que financia la educación, porque ello redunda en un provecho general, que excede al propio beneficiario directo. Por eso es una inversión y no un gasto.
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Gratitud por la gratuidad
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Descubrir su fundamento sirve para que no se le considere como algo “natural”, sino como una gran concesión que en pocos países se da. Es como un “regalo” de la sociedad que nos invita a actuar en reciprocidad y con mucha gratitud. Es decir, nos invita a una devolución social de ese beneficio, que se puede canalizar de múltiples maneras, que van desde el compromiso de recibirse pronto y con buenas notas para dar frutos de esa inversión (muchos estudiantes crónicos se dicen progresistas y están estudiando diez años a costilla de los contribuyentes) hasta evitar luego de graduado la actitud del profesional que estudió gratis pero que jamás atiende a un pobre sin cobrarle.
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La gratuidad es un tesoro de la educación argentina, sin duda alguna. Tiene provechos sociales inimaginables, y es una de las últimas garantías de ascenso social en una Argentina que supo tener en la educación el gran reducto de la igualdad de oportunidades, materializada en aquella frase de “M’ijo el dotor” que simbolizaba cómo los inmigrantes le garantizaban un futuro a sus hijos mediante la educación gratuita de calidad.
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La faena será, pues, defender este valor a ultranza, pero también, por un lado, trabajar para que la universidad gratuita tenga cada vez más excelencia (y romperle el discurso a los que ven en la gratuidad todos los males) y, por otra parte, hacer que la gratuidad llegue también a quienes todavía ven de lejos la posibilidad de ser universitarios.
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[El autor es becario de la Comisión de Investigaciones Científicas de la Prov. de Bs. As. (CIC) e investiga sobre temas universitarios]

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28.6.08

Democracia joven

La democracia hegemónica-clientelar

CRISTIAN SALVI
El Eco de Tandil, 29 de junio de 2008.

Cuando los ingleses y otros trazaron las bases de la democracia liberal moderna, en medio de un paradigma similar al utilizado en la economía, se pensó que el elector era un ser racional (como el mítico homo economicus), un sujeto que cuando decidía su voto lo hacía con la diligencia de un buen hombre de la democracia, diríamos, usando, por ejemplo, los mismos criterios electivos que a la hora de hacer una inversión. Sin ánimo de caer en un economicismo, lo cierto es que es bastante lógico esto del “hombre razonable” (reasonable man) anglosajón, porque si alguien es extremadamente diligente en un negocio donde arriesga su fortuna, cuanto más debería serlo en elegir a quienes administrarán la cosa publica, en donde al ciudadano le va la vida.

Este nivel de racionalización, que difícilmente pueda darse de modo absoluto porque los hombres también se guían por pasiones —y eso es normal—, supone toda una serie de presupuestos que hacen a la calidad de la ciudadanía que opera como elemento material y llano de una democracia que debe ser más que la pura forma. Se trata, pues, de un presupuesto de libertad y de racionalidad-razonabilidad de los soberanos, que hace impensable que los más desfavorecidos sigan votando a sus verdugos que los condenaron a la dependencia absoluta quitándole hasta su voluntad política, como sucede con sectores del conurbano que legitiman desde hace 20 años a la misma facción.

Junto a ello, la democracia liberal supone la libre competencia en iguales condiciones de todos los interesados en acceder al poder mediante aquella “elección calculada” del ciudadano libre. Esto genera, cuanto menos, una expectativa de alternancia para suceder al gobierno que sufre el revés de los votantes.

Democracia ideal y democracia real

Nuestra democracia real no reúne acabadamente esos presupuestos de la democracia ideal. En efecto, a la calidad hegemónica —tan bien estudiada por Natalio Botana en su último libro— se le agrega el carácter clientelar que la deteriora aun más. La primera de los notas vicia la libre competencia y la expectativa de alternancia, mientras que el clientelismo arraigado como práctica cotidiana destruye la libre soberanía de un sector importante de los votantes. Por ambos fenómenos Cristina Fernández es Presidente.

La democracia ideal, que, claro está, dista mucho de nuestra realidad, no es una mera utopía por la razón de que ella no es sino el modelo que traza la propia Constitución Nacional. Lo anómalo no es, en definitiva, el modelo constitucional sino el régimen que confunde la sociedad conyugal, el Estado, el Gobierno, el Partido, todo en dos personas. O los miles y miles de personas (sin duda víctimas) que vivan eso, sin saber por qué, y que venden su teóricamente inalienable soberanía por cien pesos, yendo a un acto (o peor, siendo llevados) o sirviendo de grupo de choque. O las prácticas partidarias, a veces mafiosas, a veces clientelares, que llegan a entregar dadivas a quien se afilie, haciéndolo incluso quienes levantan la bandera de la nueva política. O un sindicalismo fundando en el fascismo italiano, verticalista, monopólico, corporativo, cuyo jefe (a su vez, vicepresidente del partido gobernante) decide que todos los trabajadores —a los que representa por una ficción legal— apoyan a un gobierno, homogenizando un colectivo que, es de suponer, pensará distinto que Moyano. O los cortes de rutas como única forma de reclamo efectivo. O la atomización de partidos que hacen ilusoria la libre competencia por el voto de los ciudadanos. O las “democracias de las asambleas” y todas sus congéneres que pretenden sustituir al Congreso. O las carpas circenses en las plazas presionando de un lado y del otro a los legisladores.

Las oportunidades bienales de la democracia

Cuando es tan pronunciado el divorcio de la dimensión real respecto a la ideal, es común que, por sensación impotencia, haya una inclinación a la pasividad conformista y, en todo caso, a destinar las energías disponibles a la “salvación individual”. Es una actitud, al fin, de desesperanza porque el panorama desde esa óptica es desolador.

Sin embargo, otra actitud es posible y ella se adecua al optimismo antropológico que trasunta la democracia liberal: la fe en el individuo (generalmente asociado con otros) como motor de cambio. Contra la verticalismo que aguarda la solución mesiánica del poderoso, esta es una mirada horizontal de la democracia que supone, por un lado, que el cambio sí puede producirse desde la participación y el involucramiento llano, máxime porque es difícil que quienes gobiernan modifiquen un statu quo que claramente los beneficia: se trata de una esperanza, pero realista. A su vez, como la democracia da chances de optar cada dos años, el sistema, afortunadamente, permite que en poco tiempo ese motor de cambio, generando en la dimensión sociológica de la política, pronto de institucionalice y alcance el anhelo de cuanto menos atenuar la bifurcación del presente.

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13.6.08

Democracia joven

Bernardo Neustadt, el que ayudó a pensar

CRISTIAN SALVI
El Eco de Tandil, 15 de Junio de 2008

Se fue el periodista más influyente de la historia del periodismo argentino. ¿Polémico? Si, tanto como talentoso e innovador, un periodista que fundó una escuela, creando y recreando formatos. Como nadie, logró ser exitoso en la gráfica, en la radio —mentor de los actuales programas de la “primera mañana” donde, partir de él, la política domina la escena— y en la televisión, cuyo su superclásico Tiempo Nuevo hizo por tres décadas debatir al país teniendo tanto rating como Tinelli hoy, aunque algo más pensante. Orador estupendo, con un carisma extraordinario, el nombre de Bernardo Neustadt quedará asociado indefectiblemente a la innovación periodística.

Setenta años de periodismo
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Quiso ser periodista a los 13 años, y lo fue por 70. Jorge Fernández Díaz en “Bernardo Neustadt, el hombre que se inventó a si mismo” narra la noche en que Bernardo, frente a su padre, debió decidir entre ser periodista o seguir viviendo en su casa: “—Usted no necesita trabajar. Y menos en periodismo, que es pura bohemia. A mí me alcanza con que estudie. —Pero puedo hacer las dos cosas… Trató de ser más persuasivo que nunca, intuyó que no serviría de nada. —Va a tener que elegir: o vive en su casa o trabaja en ese diario. Parpadeó sin entender, intentó el último de sus recursos. —¿No puedo contestar mañana?No, me tiene que contestar ahora. Era como optar entre las brasas y el fuego. —Yo quiero hacer periodismo, papá. Entiéndame, por favor. (…) —Lo entiendo. Prepare sus cosas y mándese a mudar. Ya mismo”.
Así, en el diario El Mundo cubriendo partidos de fútbol, comenzaba su vocación periodística que se extendería por siete décadas. Lo demás es harto conocido: una carrera sin precedentes. Murió justo el día del periodista.
En los últimos años escribía en Ámbito Financiero y en su blog. Estaba enconado con los Kirchner. Mantenía sus ironías: “Los Kirchner hablan de austeridad y usan los aviones como remises, hasta para hacer mandados. Néstor usa una lapicera Bic y gasta 3 mil dólares por día para ir a dormir la siesta a Olivos en helicóptero. Y la señora, que usa Rolex y carteras Louis Vuitton, gastó 100 mil dólares por día en su gira por el exterior como Primera Dama. ¿Y los pobres?”. En su última columna escribió: “Con una «PresidenTA ausente», que en cada conflicto, al día siguiente viaja a Madrid, a París, y ahora a Roma y tal vez está de duelo porque murió Yves Saint Laurent. ¿Doña Rosa, no conoce algún diseñador de materia gris para recomendar?”. Impecable.
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Fundador de una escuela
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Lo digan o no, desde Mariano Grondona, Rolando Hanglin, Carlos Ulanovsky, Rodolfo Terragno, Pepe Eliaschev, Pinky, Clara Mariño, Daniel Hadad y Marcelo Longobardi, hasta Miguel Bonasso y Horacio Verbitsky, como decenas de periodistas más, pasaron por su escuela. Las críticas, algunas justas y otras de envida —porque en Argentina el exitoso suele ser un hereje—, son algo natural para quien llega a su nivel: un proverbio dice que a los clavos que asoman la cabeza, es más fácil que les pegue el golpe del martillazo. De los mediocres nadie habla, ni para bien ni para mal.
Se le criticó su relación con el poder, especialmente con el gobierno de Carlos Menem (que ganó más una elección, y no era Neustadt el único que votaba). Su mayor error —según él mismo reconoció— fue acercarse demasiado a un gobierno que predicó un liberalismo económico que no era tal, un gobierno que a pesar de las reformas era populista. Pero no se escuchan críticas a los periodistas Horacio Verbitsky y Miguel Bonasso, por ejemplo, que ofician prácticamente de asesores de los Kirchner y que no condenaron jamás la dictadura cincuentenaria de Fidel Castro. Recordémoslo: el primero es columnista del boletín oficial Página/12, y el segundo directamente es diputado alineado al oficialismo. Es como que si alguien es de izquierda, tiene inmunidad diga lo que diga; pero si es de derecha, está condenado. Algo similar que con Bernardo pasa con Mariano Grondona, cuando objetivamente es el periodista con más caudal intelectual por lejos, superando con creces a sus detractores. Es el país del maniqueísmo.
Las relaciones entre el periodismo y el poder son todo un tema, es cierto, como la de los intelectuales y la política. Pero hubo gente que apoyó cosas peores y nadie podrá empero cuestionar su talento. Maquiavelo escribió con admiración al papa Alejandro VI y a su hijo César Borgia, y Hegel lo hizo para Federico de Prusia, que lo protegía. A Heidegger no se le perdona su rectorado en Friburgo y su supuesta filiación con el régimen nazi. Althusser y Sartre vitorearon el comunismo soviético. Borges pensaba que la democracia es un abuso de las estadísticas. ¡Pero quien puede dudar del genio de todos ellos! Se puede admirar a alguien sin coincidir con sus ideas, y eso es una actitud de grandeza a la vez que de realismo porque nadie es blanco o negro, totalmente angélico o totalmente demoníaco, todos somos humanos, somos grises, con luces y sombras.
Bernardo Neustadt quiso que en su epitafio rezara la frase: “Aquí yace un periodista que ayudó a pensar”. Puede descasar tranquilo porque lo logró, coincidamos o no con él. Y que nos haya hecho pensar —aunque sea para refutarlo— hace que merezca nuestro reconocimiento.

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3.6.08

Democracia joven

La enorme riqueza no explotada


CRISTIAN SALVI
El Eco de Tandil, 1° de Junio de 2008.

La excelente película Diamante de Sangre (2006), protagonizada por Leonardo Di Caprio, muestra el escenario de muchos países africanos que viven en guerra civil constante para ver quien se queda con el control de los recursos naturales. El film narra el caso de Sierra Leona y la disputa por los diamantes, en medio de una pobreza que termina de confirmar la tesis de que aun teniendo recursos naturales de sobra, un país puede ser el mayor de los indigentes. Algunos han hecho referencia a que habría una suerte de “maldición de los recursos naturales”, que hace que las elites dominantes de un país poseedor de riqueza material sólo piensen en disputársela mientras que ello actúa como alienante para crear nuevos modelos que logren mejores condiciones de vida para la totalidad de la población, siendo África y América Latina casos testigos de tal afirmación.

Cierto es que este escenario no es el de Argentina, pero una lección nos da: seguimos peleándonos por los recursos naturales sin que verdaderamente los argentinos aunemos las voluntades para crear nuevas riquezas, aquella que ha sido la determinante del desarrollo de las naciones. No es desatinado decir que Argentina tiene el mismo modelo agroexportador que hace ochenta años (cuando se considera se agotó), habiendo fracasado en los diversos intentos de una industrialización masiva, mientras que hoy, junto con otras disputas, vuelve a aflorar la vieja (y falaz) antinomia de si se debe priorizar a la industria o al campo.

Las dos riquezas

Los recursos naturales son una riqueza que puede llamarse “estática” en tanto que, a pesar de que mediante la técnicas de cultivo se maximiza la producción, tienen un límite físico de generación. Por eso los economistas clásicos decían que la “tierra” es un bien limitado.

Las últimas dos décadas, es verdad, han mostrado que fallaron los pronósticos de que las materias primas tenían una tendencia a la baja en los precios respecto a los bienes industriales, esa máxima conocida como el “deterioro en los términos de intercambio” que sostenía que cada vez necesitaríamos más materias primas para solventar las divisas que insumía adquirir los bienes producidos por los países desarrollados.

Pero aun así hoy sigue habiendo un notorio deterioro en el intercambio, y la explotación de los recursos naturales no ha dado signos (por lo menos por sí misma) de ser una carta asegurada para el desarrollo. Los países que llegaron a ese estado carecen de recursos naturales y su riqueza es, al contrario, “inmaterial”. Japón, por ejemplo, es un archipiélago relativamente pequeño, lleno de volcanes, alejado del centro del mundo, superpoblado, y sin embargo está entre las cinco mayores economías del mundo. Finlandia tiene una increíble adversidad climática (a punto que pasan meses sin ver el sol) y empero encabeza los índices de desarrollo humano. Los ejemplos siguen: Dinamarca, Suecia, Noruega, en fin, casi toda Europa.

Pero en Japón están los japoneses. Es que el desarrollo de un país —como escribió Lawrence Harrison justamente refiriéndose a Latinoamérica— está en la mente de los ciudadanos, y no estrictamente en los favores de la naturaleza, máxime en la era post-industrial. A título ejemplificativo, piénsese nomás que la marca “Google” vale US$ 86.000 millones y Microsoft, una empresa de “software” (de lo inmaterial), más de US$ 500.000 millones. ¿A cuantas hectáreas de campo equivalen?

¿Lo dicho significa despreciar los recursos naturales? Desde luego que no. Se trata, por el contrario, de aprovecharlos, pero que ello no sea un entretenimiento al estilo del “rico cómodo” que nos haga creer que podemos prescindir de generar nuevas riquezas. El país asiste al espectáculo de cómo un Gobierno exprime a más no poder la riqueza que “hay” aumentando retenciones, pero ¿cuándo nos ocuparemos de la riqueza del “porvenir”? Entre esta riqueza y el campo, no debe haber una relación de oposición —como entienden algunos queriendo aplastar al único sector verdaderamente competitivo de Argentina— sino una relación de coadyuvancia, cuyo máximo ejemplo es la agroindustria en ciernes.

Los talentos hacen la diferencia

Días atrás, el periodista Andrés Oppenheimer le preguntó a Bill Gates si él hubiera sido quien es de haber nacido en Paraguay. Sin corrección política alguna, el fundador de Microsoft dijo que no, porque sólo un país como Estados Unidos permite que alguien sin venir de una familia acomodada empero, por los talentos que tiene, pueda ascender socialmente hasta llegar a la cima, como es su caso y el de muchos más.

Pero Argentina (adonde también los europeos venían a “hacer la América”) no es Paraguay, sino que aun conserva un reservorio de potencialidades que la distinguen en el subcontinente. Nosotros sí podemos llegar alto. La clave explotar esas riquezas potenciales que este país tiene, verbigracia el nivel de las universidades para que Argentina tenga sus Bill Gates que generen miles de millones en patentes por sus revolucionarios inventos. El recuerdo de Milstein, de Houssay, de Favaloro y de muchos héroes ignotos es lo que nos alienta. Ahí está la riqueza diferencial.

Una apostilla como apéndice: valga la metáfora, pero la cantidad de chicos de las villas —premios Nobel en potencia, ¿por qué no?— que no pueden acceder al sistema educativo, es un desperdicio de riqueza mayor a que si grandes latifundios permanecieran sin cultivar. Ahí también está la riqueza diferencial.

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Democracia joven

¿El comienzo del fin de la era Kirchner?


CRISTIAN SALVI
El Eco de Tandil, 18 de Mayo de 2008.


Estamos en el equivalente a 1987 o a 1997: en ambos casos, los respectivos Gobiernos (el de Alfonsín y el de Menem, respectivamente) comenzaron a declinar, en una pendiente cuyo nadir fueron las elecciones siguientes en las que perdieron. Este cambio se manifiesta en la falta de la imposición de la “agenda” —política y mediática—, o sea cuando el Gobierno pierde el timón de los acontecimientos, que son trazados más bien por sus adversarios.

Las consecuencias históricas de un presente de cambio no suele ser percibido con total nitidez, pero —y sin perjuicio que nada de esto es una ciencia exacta— en unos años podremos confirmar la hipótesis de que en marzo de 2008 comenzó el inicio del fin de la hegemónica era Kirchner. Fue en este mes otoñal donde se conformaron los polos de resistencia al poder oficial, lo que implica un cambio total de escenario respecto al primaveral octubre de los Kirchner: (a) el sector agropecuario unido, como no antes; (b) las primeras críticas de las clases baja y media-baja —las principales perjudicadas por la inflación—, que se suma a la clase media-alta que no votó a Cristina; (c) fricciones en la coalición oficial ante la necesidad de responder a sus votantes inmediatos, otrora unida para poder colgarse de la boleta de la candidata presidencial; y —sin agotar los reveces— (d) la rebelión de los medios mostrando los graves hechos de corrupción (que siempre estuvieron), medios que hasta hace poco presentaban una Argentina maravillosa, como el omnipresente Grupo Clarín que cotidianamente es atacado por el Gobierno. Justas son la críticas de los Kirchner de que a Clarín quizá le importa más hacer negocios que periodismo, pero antes pactaron con ellos; y ahora, como Menem en los ’90, se alían con Daniel Hadad para hacerles fuerza, quien también es acusado de mercenario. No es esa la vía, como tampoco fomenta la libertad de expresión haber degradado a la agencia TELAM o querer disciplinar a los medios con el reparto discrecional de la publicidad oficial, por ejemplo premiando a diarios obsecuentes como Página/12 y castigando a los críticos como Perfil.

Era de esperarse, pero no tan rápido

Lo llamativo del presente es que, a diferencia de los dos casos citados el inicio, la pendiente negativa no se suscita por perder las elecciones intermedias, que hace que el Gobierno reduzca sus mayorías parlamentarias y necesite negociar con la oposición, sino que el escenario desfavorable sucede a cuatro meses en los que el (¿nuevo?) Gobierno (re)asumió, luego de una ventaja amplísima en las urnas.

Maquiavelo escribió que en apariencia “es más fácil conservar un Estado hereditario, acostumbrado a una dinastía, que uno nuevo, ya que basta con no alterar el orden establecido por los príncipes anteriores”, pero advirtió: “La dificultad estriba en que los hombres cambian con gusto de Señor, creyendo mejorar; (…) en lo cual se engañan, pues luego la experiencia les enseña que han empeorado”. Después de la decepción por acostumbramiento viene el rechazo, y a ello contribuye esta máxima de la experiencia: las segundas versiones suelen ser peores que las primeras, y a veces patéticas. Si Menem se hubiera retirado en 1995, hoy sólo hablaríamos de todos los aciertos que sin duda logró en su gobierno, pero por el afán de seguir, embriagado por el poder, su carrera política terminó lastimosamente perdiendo las elecciones para la Gobernación de La Rioja. Con los Kirchner, de insistir en su mecánica de poder, pasará lo mismo: hasta los estadistas de verdad tuvieron su Waterloo.

Como era de esperar, Cristina, que no puede echarle la culpa a la herencia recibida, sin embargo está pagando los errores que cometió su marido. El desgaste, entonces, obedece a que todo se percibe tal como es: una continuación de un Gobierno que lleva exactamente cinco años. Y el adelantamiento de ese desgaste se explica en que el estilo Kirchner es avasallante, destila odio, es difícil no reaccionar alguna vez. Funcionó al principio, cuando los adversarios estaban desunidos e incluso se toleraba con el afán de reconstruir una autoridad presidencial que venía del desgobierno de 2001-2, pero hoy causa hartazgo, indigna.

En búsqueda del equilibrio

Los adversarios del Gobierno ahora lo saben: en términos reales, el poder está más diseminado, no se puede someter a todos todo el tiempo. Argentina no es Santa Cruz. Por eso lo novedoso y digno del campo radica que ellos marcaron punta animándosele a los Kirchner. Ahora, sabiendo que al fin nada es trágico, muchos harán lo mismo.

Lo deseable no es que el Gobierno se debilite y se llegue a un estado de ingobernabilidad. Esto último hoy es impensable porque, a diferencia de De la Rúa, los Kirchner tienen mayoría en el Congreso, la adhesión de los Gobernadores y de los sindicatos y, sobre todo, hay una situación económica totalmente opuesta a la del año 2001. Pero ojo, la economía una vez más es la que dirime todo: será ella y no las adhesiones corporativas la que definan en futuro de los Kirchner.

En un República ordenada todo tiende al equilibrio, de manera que esta crisis es una gran oportunidad para contrabalancear el poder, y harían bien los Kirchner en entender que el límite es saludable para ellos mismos pues de ese modo se les evita terminar como sus predecesores.

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2.5.08

Democracia joven

El mensaje de la Iglesia es imprescindible

CRISTIAN SALVI
El Eco de Tandil, 4 de Mayo de 2008

El pasado 18 de abril The Washington Post publicó una columna del analista Michael Gerson que se tituló "The Indispensable Church" (La Iglesia imprescindible). La tesis de Gerson es que la Iglesia, siendo una institución otrora acusada de oscurantista, hoy es una de las líderes imprescindibles y defensoras más firmes de la racionalidad y de la dignidad del hombre materializada en los derechos humanos.

El autor hace referencia a que, en definitiva, la defensa de los derechos humanos es una convicción moral, y consagrarle ese estatuto a los seres humanos sólo es compatible con un universalismo cultural que crea que hay valores objetivos que trascienden toda frontera, como es el caso del cristianismo que desde el origen lleva un mensaje universal (católico, justamente, en griego significa eso).

La religión del lógos

Es interesante cuando Gerson señala que la Iglesia es una de las grandes defensoras de la racionalidad porque eso implica que, aun en su universalidad, ella es una de las constructoras de occidente que se muestra como la gran civilización humanista que creó, entre otras grandes conquistas magníficas, la idea de derechos humanos. El cristianismo, escribió nada menos que Hegel, significó la divinización del ser humano —creado libre por Dios— cuando en el Concilio de Nicea triunfó la tesis de que Cristo es verdadero Dios pero también verdadero Hombre. Aun hoy, a casi dos milenios de aquello, sólo un reconocimiento intrínseco de la dignidad humana es el definitivo reaseguro que tiene la humanidad para pretender que esa protección se base en algo más que en un Tratado Internacional.

Cierto es que los padres del liberalismo clásico (John Locke por ejemplo) debieron sostener la existencia de un ser superior garante de la dignidad humana para oponerse a la voluntad monárquica de legislar contra los derechos naturales a la vida y a la libertad, pero esto no significa que la defensa de los derechos humanos dependa de la confesión de una fe religiosa. Depende, sí, de la fe en la razón universal, esa herencia griega que, mediante el iusnaturalismo cristiano, llega a su cenit con la Ilustración.

Según algunos eruditos, cuando leemos en latín en el evangelio de San Juan, escrito en griego, la famosa sentencia: “… Deus erat Verbum... Et Verbum caro factum est et habitavit in nobis” (La Palabra era Dios… Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros - Jn. I, 1 y 14), sí recurriéramos al original veríamos que Verbum, que suele traducirse al castellano como palabra o como verbo, es la extrapolación latina del concepto de «lógos»; o sea —y a pesar de lo inefable del término— razón, de lo cual se extrae el sentido: Cristo es la imagen de Dios, concebido, desde los judíos, como la Razón eterna autora de la ley natural.

Así se observa como el judeo-cristianismo es, con los griegos y los romanos, parte del trípode en donde se asentó la civilización occidental, que en buena parte se edificó en el tributo a la razón.


El catolicismo, pues, se emplaza como un heraldo del objetivismo valorativo sostenedor de la racionalidad universal en un una época donde se relativizan los derechos naturales, y esta razón se encuentra lejos de estar reñida con la fe porque, como dijo Juan Pablo II en el proemio de su Encíclica Fides et Ratio, “la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”.

De allí que no se entiende cuando algunos intelectuales y periodistas critican a la Iglesia y a su actual Papa con adjetivos de “oscurantismo”, mientras que se muestran condescendientes con el misticismo irracionalista (desde la bailantera Gilda al Gauchito Gil) o con la sectas que crecen en Argentina, como es el caso de la de los pastores brasileños que están en las madrugadas televisivas. En ambos casos, como escribió el filósofo Juan José Sebreli en Perfil, se trata un regreso al mito y a una religiosidad fetichista y primitiva, lo que rompe esa amigable asociación entre fe y razón.

Conservar para progresar

Cuando se critica a Benedicto XVI y sus mensajes contra “la dictadura del relativismo moral”, se critica más que la figura de este brillante intelectual.

Lo que se critica es la tesis sobre la posibilidad de lograr una guía objetiva de racionalidad en donde descansan los grandes logros de la cultura occidental, que la han hecho la vanguardia de la humanidad. Por creer en el hombre y en su dignidad previa a todo reconocimiento legislativo se han forjado lo que hoy son axiomas constructores del progreso humano, como los derechos humanos, la democracia, el derecho a la vida y a la libertad en todos su sentidos, lo que obviamente incluye a las del mercado pero sin degenerar en un utilitarismo que degrade esa humanidad.

Volvamos al artículo de Gerson “The Indispensable Church”. Yo diría, para concluir, que el mensaje de la Iglesia es imprescindible, tanto como el de todos aquellos que creen en los presupuestos axiológicos que constituyen el asiento filosófico y jurídico de la democracia liberal fundada sobre los “derechos naturales”. Ser conservador no es siempre mala palabra; a veces, conservar ciertos valores es la clave para progresar. Esa es, en definitiva, la historia de occidente, y la diferencia entre el liberalismo y el nihilismo.

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26.4.08

Artículos destacados



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The Washington Post
The Indispensable Church

By Michael Gerson
Friday, April 18, 2008; Page A27

The occasion of a papal visit is a chance to take stock of the health of the Roman Catholic Church in America, which, like any church, reflects the flaws of its very human members. Many Catholics worry about the shortage of priests, nuns and vocational enthusiasm, complain about empty pews -- about one in 10 Americans is a former Catholic -- and anguish over sexual scandals in which clergy have, at times, appeared more interested in protecting the church than in demonstrating its ideals.

But members of a church older than any nation tend to take the long view. In the 10th century, Pope Sergius III grabbed the keys to the kingdom in an armed coup and promptly had two of his imprisoned predecessors strangled. His son, by his 15-year-old mistress, Marozia, eventually became Pope John XI. Marozia's grandson, Pope John XII, stood accused of great crimes as well. According to one account, he "mutilated a priest . . . violated virgins and widows high and low, lived with his father's mistress, [and]converted the pontifical palace into a brothel." Those were the days to be a reporter covering the Vatican.
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Catholics generally regard the survival and success of such a flawed institution as evidence of divine favor. The church has managed to outlive all of its scandals -- and all of its critics.
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But the Catholic Church has more than endurance on its side. It remains an indispensable institution, for several reasons:

First, despite charges of dogmatism, the church is the main defender of reason in the modern world. It teaches the possibility that moral truth can be known through reflection and argument. It criticizes what Pope Benedict XVI has called the "dictatorship of relativism" -- a belief "that does not recognize anything as for certain and which has as its highest goal one's own ego and one's own desires." "Being an adult," says Benedict, "means having a faith which does not follow the waves of today's fashions or the latest novelties."

Secularism has traditionally taught that human beings will eventually outgrow religious conviction and moral absolutism -- that skepticism is evidence of maturity. Benedict contends that modern men and women, unguided by reasoned moral beliefs, turn toward adolescent self-involvement. Their intellectual growth is stunted. In a world where all moral claims are seen as equally true and equally false -- the world, for example, of the modern university -- human conscience is reduced to biology or prejudice. Moral behavior may continue to ride in grooves of socialization or genetics, but moral assertions are fundamentally arbitrary -- always trumped by a two-word response: "Says you."

By asserting that the human mind can grasp moral truth, Catholicism also defends the reliability of reason against the superstitions of our time.

And this is important for a very practical reason: because a belief in human rights is also a moral conviction. Catholicism teaches that relativism and a purely material view of man have disturbing social consequences. "The criterion of personal dignity," wrote Pope John Paul II, "which demands respect, generosity and service -- is replaced by the criterion of efficiency, functionality and usefulness: others are considered not for what they 'are,' but for what they 'have, do and produce.' This is the supremacy of the strong over the weak."

The point here is simple and radical: As the Catholic writer G.K. Chesterton argued, men and women are either created in "the image of God" or they are "a disease of the dust." If human beings are merely the sum of their physical attributes -- the meat and bones of materiality -- they are easier to treat as objects of exploitation.

So Catholicism offers a second contribution: It is the main defender of human dignity against a utilitarian view of human worth. And the church has applied this high view of man with remarkable consistency -- to the unborn and the elderly, the immigrant and the disabled. Individual views on issues of life and death vary widely, even within the Catholic Church. But it is a good thing to have at least one global institution firmly dedicated to the proposition that every growing child, every person living in squalor or in prison, every man or woman approaching death or contemplating suicide or trapped in profound mental disability, every apparently worthless life is not really worthless at all.

An institution accused of superstition is now the world's most steadfast defender of rationality and human rights. It has not always lived up to its own standards, but where would those standards come from without it?

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Artículos destacados

Sociedad, politica y religion
El regreso de los mitos


Todo lo que existe, aunque carezca de contenido, es hoy susceptible de ser transformado en mito. Para el sociólogo, este retorno del pensamiento mítico no se limita a los sectores populares sino que cuenta con el aval de algunos intelectuales que, desde una ideología populista, intentan rescatar símbolos y fetiches populares para contraponer a la modernidad. ¿Qué son los mitos, en definitiva? Para Sebreli, se trata de un territorio oscuro y ambivalente donde la religiosidad se mezcla con la superstición, la santidad con la idolatría, y el mundo arcaico con la moderna sociedad de masas.


Por Juan José Sebreli - Perfil, 06.01.2008


El mito impregna en nuestro tiempo el habla de los medios de comunicación, las ciencias humanas, el arte, la literatura y la conversación del hombre común, aunque sin conocer, en muchos casos, su significado preciso o deformándolo para fines particulares. Varios factores han contribuido a la abusiva utilización de ese concepto. El auge académico de la antropología de orientación estructuralista, con su énfasis en las sociedades primitivas, ha construido un verdadero mito del mito. El psicoanálisis freudiano lo rescató como referente de las neurosis pero Jung fue mucho más allá reconociéndolo como arquetipo eterno que revelaba un mundo invisible. El apogeo de los esoterismos y ocultismos también contribuyó al reverdecimiento de la mitología. La vanguardia, en especial el surrealismo ha tomado los mitos como tema recurrente. La filosofía irracionalista, a partir de Nietzsche y Heidegger, consideró al mito más verdadero que la realidad. La cultura industrializada de masas difundida por los medios de comunicación, incluido Internet, auspiciaron la consagración de nuevos mitos. Todo lo que existe, aunque carezca de cualquier contenido, o sea ética y estéticamente desdeñable, es hoy susceptible de ser transformado en mito.

Finalmente la creencia en los mitos se convirtió en una moda cultural y como toda moda es estrechamente sectaria e inmune a la crítica, aunque también revela algunos rasgos del hombre contemporáneo. En el mito, lo sagrado y lo profano están entremezclados; las religiones clásicas constituyen una etapa superadora porque delimitan los campos de lo religioso y lo humano y crean, de ese modo, las condiciones para el surgimiento de una sociedad secularizada. El retorno de los mitos no se limita a sectores populares sino que cuenta con el aval de algunos intelectuales que intentan rescatar, desde una ideología populista, ciertos mitos, símbolos y fetiches populares que les sirve para atacar a la modernidad.

Muchos pueblos de las provincias, con el pretexto de una supuesta aparición, inventaron una Virgen propia a las que se fueron agregando, al margen del santoral oficializado por la Iglesia, otros santos profanos llamados también santos populares, con sus cultos informales en santuarios improvisados en los lugares donde habían muerto o aparecido. Junto a las flores y velas, los exvotos y ofrendas muestran la creencia en milagros o beneficios otorgados, trasformando a los supuestos santos populares en ídolos.

Estos santuarios apoyados por los gobiernos locales se convirtieron pronto en centros de atracción turística y comerciales con venta de fetiches, amuletos, estampas y otros souvenirs sagrados.

Así, han sido objeto de culto personajes reales o imaginarios del folclore rural –la Difunta Correa, el gauchito Gil, la Telesita–, arcaicos cultos indígenas –el Maruchito–, bandidos rurales –Vairoletto, Mate Cocido– transformados en lo que Eric Hobsbawm llamó “rebeldes primitivos”, fetiches vinculados a la delincuencia como San La Muerte, santones de sectas esotéricas –Pancho Sierra, la Madre María y algunos de fama efímera como Tibor Gordon. Finalmente se sumaron María Soledad, una joven asesinada en una fiesta de ricos y poderosos, transformada en la “mártir de Catamarca”, artistas de ínfima categoría como la cantante bailantera Gilda o el cuartetero Rodrigo, ambos muertos en accidentes, el segundo por manejar alcoholizado y a alta velocidad. Esta enumeración caótica es significativa de la indefinición de los mitos, de esa zona oscura y ambivalente donde la religiosidad se mezcla con la superstición, la santidad con la idolatría, el mundo arcaico con la moderna sociedad de masas.

La Iglesia Católica parecería obligada a combatir esos cultos condenados por la Biblia como idolatría pagana y, por añadidura, en muchos casos, con personajes muy lejos de tener vidas ejemplares, incluidos algunos criminales. Sin embargo, por impotencia o por oportunismo ha terminado por tolerarlos y una parte del clero los defiende por convicción. Incluso la propia Iglesia salió a competir, aceptando costumbres superticiosas como el culto a San Cayetano, convertido en un santón milagrero o incorporando comportamientos sectarios como las “misas carismáticas” o los curas “sanadores”, nombre nuevo para disfrazar la vieja superchería de los manosantas o curanderos que a su vez tenían su antecedente primitivo en magos, brujos y hechiceros.

Las concesiones de la Iglesia no siempre resultaron redituables: la beatificación de Ceferino Namuncurá fue repudiada por los sectores más radicalizados de la comunidad mapuche que lo consideraron “parte del botín de guerra de la conquista”. Ceferino había abandonado la comunidad indígena, se había “blanqueado” al irse a vivir a Roma, donde murió. La política está involucrada en la explotación de los mitos, los símbolos y la canonización apócrifa de estos santos populares o con la mitificación y politización de las propias imágenes del culto oficial: la Virgen de Luján fue declarada patrona de la Argentina en octubre de 1930 bajo la dictadura fascista del general Uriburu y constituyó el comienzo de la cruzada del clero preconciliar, unido a los nacionalistas, para fusionar la Iglesia con el Estado y transformar a la república laica en “nación católica”. La primera peregrinación juvenil a Luján que se transformaría en manifestación de masas multitudinarias se realizó en 1975 en el clima especial de la crisis política y económica y en vísperas del golpe de Estado. Desde entonces, la Virgen de Luján se convirtió en uno de los íconos nac and pop. Por otra parte, cultos mágicos afroamericanos como la Umbanda tuvieron una influencia breve pero intensa en la extrema derecha a través de José López Rega.

El culto a los santos populares es hoy usado por los ideólogos populistas como manifestación de los excluidos y marginados en busca de una identidad popular y nacional y de resistencia a la modernidad y a la globalización. Lejos de buscar las causas y encontrar soluciones a la pobreza, la ignorancia y el atraso, esta ideologización de los mitos sólo sirve de compensación simbólica para hacer soportables esos males y perpetuarlos. Algunos teólogos populistas rechazan toda interpretación racional de los mitos. Para dar lugar a los innumerables ídolos han llegado a considerar el monoteísmo como producto de una elite de eclesiásticos identificados con el imperialismo occidental y alejados de las masas populares. Reivindican en contraposición el politeísmo instintivo de semidioses, ídolos y símbolos nacionales o locales, ligados a la tierra y de quienes el pueblo se sentiría más cercano que del lejano y oculto Dios único. Sin embargo, esta apropiación abusiva de los mitos populares por los intelectuales y la reflexión sobre el mito significa el fin de la inocencia mítica. Georg Gusdorf señalaba que el hombre que descubre el mito es el hombre para quien el mito es sólo un mito, el hombre que ha roto con el mito y lo ha transformado en ciencia del mito.

El mundo encantado y quimérico de los mitos es una etapa histórica necesaria en la formación de los pueblos primitivos, también en el período infantil de la formación psicológica de los individuos. Es fuente además de inspiración en el arte y la literatura. En todas esas situaciones juega un papel positivo pero resulta, en cambio, peligroso cuando se lo quiere reinstalar en la vida cotidiana de los tiempos modernos; es absurdo cuando se lo eleva a modo de conocimiento superior al racional, y es perverso cuando se lo usa como instrumento político. Hay un hilo invisible que va de la rehabilitación de la mitología por el romanticismo alemán hasta el nazismo.

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Democracia joven

Más allá de las retenciones

CRISTIAN SALVI
El Eco de Tandil, Abril 20 de 2008.

Hace más de un mes que la discusión sobre las retenciones ocupa buena parte del temario político reflejado por los medios. Esto no es sino la punta del ovillo, porque en realidad lo cuestionado (o cuestionable) es el sistema tributario argentino en su totalidad, que está lleno de vicios.

Para analizar el sistema tributario puede seguirse el norte indicado por estas tres preguntas: ¿Por qué pagar?, ¿Cuánto pagar?, y ¿Cuál debe ser el destino de lo que pagamos? La primera de las preguntas prácticamente está saldada luego de por lo menos dos siglos de diversas teorías que han explicado el poder tributario del Estado y, en síntesis, podemos acordar que se justifica en sostener la res-publica, o sea la cosa de todos. Empero, hay que señalar que la respuesta a las otras dos también indicarán la justificación última de ese poder (como lo haremos al final), porque todo puede reducirse a una sola cuestión que es la extensión del Estado.

La pecera

Argentina tiene una presión tributaria relativamente alta, que deviene negativa en tanto la devolución del Estado en servicios no es siempre tan buena. Alguien, con sorna, dijo que en Argentina se cobran impuestos como en Suecia, mientras que los servicios son como los de Mozambique.

Los eventuales confiscados no son solamente los del campo; al contrario, los que menos tienen pagan proporcionalmente más. En un informe del Banco Mundial difundido en diciembre del año pasado se estimaba que quien gana unos mil pesos, llega a soportar el 40 % de carga tributaria total o incluso más.

Muestra de ello es el dato exhibido por la Presidenta: el primer ingreso tributario del Estado Nacional es el IVA, mientras que las retenciones ocupan el cuarto puesto. Esto no es un orgullo por la sencilla razón de que el IVA es posiblemente el más injusto de todos los impuestos, que hace que en proporción pague lo mismo Amalita Fortabat que un indigente, de modo que el mayor ingreso del Estado lejos está de atender a la máxima de la capacidad contributiva como criterio para tributar. Además, al tener una alícuota estandarizada (con poquísimas excepciones), tributa la misma tasa un BMW que una lata de tomates.

La inflación es otro impuesto que padecen los más pobres. Lo es en dos sentidos: por un lado, al haber más inflación en los bienes de la canasta básica (alimentos, por ejemplo), hace que respecto a quien gana mil pesos (lo que falazmente se presume como el salario “vital” de una familia tipo), la incidencia inflacionaria sea total porque los productos que suben a diario le ocupan prácticamente todo el consumo. Los Rolex no suben, sube la comida, y los asalariados no compran relojes de lujo.

Por otra parte, la inflación genera más recaudación: a causa de ella el Estado se lleva más. Siguiendo con el ejemplo del impuesto al consumo: si algo valía un peso, se tributaba 0.21 de IVA; si vale dos, se pagan 0.42. No todo obedece a mayor eficiencia recaudatoria de la AFIP; en general, lo que siempre pagan, pagan más, porque en Argentina cobrar impuestos es como pescar en una pecera.

El problema, como puede verse, va más allá de las retenciones; es el sistema el que está en crisis. Debe modificarse todo el régimen, simplificándolo de modo que haya pocos impuestos, fáciles de cobrar y ordenen mayor tributación de los que más tienen. Ahora es todo lo contrario: decenas de impuestos, en tres niveles (nacionales, provinciales, municipales), algunos complejísimos que permiten evasiones por doquier, y en definitiva los que menos tienen pagan proporcionalmente más. Es raro que un Gobierno que se dice “progresista” no modifique un sistema tan “regresista”.

Los dueños del dinero

Los Kirchner saben de la injusticia del régimen y por ello inyectan miles de millones en subsidios para compensar a los perjudicados. En el caso de los pequeños productores agropecuarios ofrecieron eso: no les bajarán las tasas, pero a cambio los subsidiarán. Alguien enseguida dirá: ¿Por qué más bien no bajan los impuestos si luego terminan devolviendo el dinero? ¿Por qué no simplificar?

Hay dos claves para entender esto. Una es filosófica: el estatismo cree que solamente el Estado es capaz de “distribuir” con justicia por lo que cuanto más se extraiga para repartir, mejor; mientras que el liberalismo, por su parte, sostiene que nadie mejor que los propios sujetos para darle una eficiente asignación a los recursos, de manera que sólo deben exigirse las exacciones necesarias para costear los clásicos servicios públicos, más no para generar un fondo que se reasigne con discrecionalidad beneficiando generalmente a los amigos del poder. De este modo, mediante el cuanto y el para qué, se pone un límite a la justificación del poder tributario del Estado (el por qué), completando la respuesta a la primera de las preguntas iniciales.
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La segunda razón es política: el poder de manejar la caja. Lo de los Kirchner, en definitiva, no es descreer de la premisa liberal de quién es el que mejor distribuye. Se trata de manejar recursos porque eso da poder, mucho poder. Luego, los subsidios aparecen como una “gracia” gubernamental, casi de generosidad: lo que era dinero propio, se convierte en una concesión del poder, y en el medio se suelen exigir sumisiones.

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5.4.08

Videos: José María Aznar

José María Aznar en el coloquio organizado por el 20 Aniversario de la Fundación Libertad, en Rosario.

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Democracia Joven

Dos formas de representar al pueblo

CRISTIAN SALVI
El Eco de Tandil, Abril 6 de 2008
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Cristina tiene actitudes ambivalentes. El primero de marzo, en ocasión del inicio de sesiones ordinarias del Congreso, se dirigió a la Asamblea Legislativa (que concentra la representación del pueblo de la Nación Argentina, al decir de la Constitución), sosteniendo, con claro tono aperturista, la necesidad del consenso para afrontar los desafíos del país. El pasado martes, en cambio, se dirigió a la Plaza convocada por el propio Gobierno y llamó “pueblo argentino” a los ahí reunidos, por contraposición al no-pueblo, que eran los ruralistas, llamados “golpistas” por la propia Presidenta.

Ambas posturas (antagónicas), como así la idea de “pueblo” y el papel de la Plaza, dan cuenta de dos formas (también antagónicas) de entender la construcción de una democracia.

La Plaza de la parcialidad

La concentración del “pueblo” en la Plaza (con mayúsculas, porque se refiere a “la” plaza por antonomasia que es la que está frente a la Casa Rosada) viene de larga data, y prueba de ello es el mismísimo 25 de Mayo de 1810. Cuando el peronismo originario tuvo el mérito de acercar a los peyorativamente llamados “cabecitas negras” a la Plaza rodeada por edificios de corte parisino, podría haberse conjeturado que de una buena vez se llegaba a una síntesis en la cual aquella cobijaba a todos. Sin embargo no fue así, porque la Plaza siguió siendo un lugar de la parcialidad, ya que también quienes loaron el golpe de la Revolución Libertadora eligieron ese escenario. Una y otra vez la Plaza se dijo universal, pretendió representar a todos, cuando sólo una parte asistía. Lo mismo sucedía en el mítico “ágora” griego, porque sólo los ciudadanos podían decidir, de modo que quedaban excluidos los extranjeros y los esclavos, equiparados a meras “cosas”. En esa dialéctica apropiatoria, hoy la Plaza tiene nuevos dueños: así D’Elía explícitamente prohíbe a los “blancos” de Recoleta y Barrio Norte siquiera ir a la Plaza.

Por todo ello no se entiende la razón de la convocatoria a la Plaza, máxime cuando esa parcialidad se ve exponenciada porque, entre los que asistieron (que nunca son el todo), algunos fueron llevados en micros desde el conurbano por punteros y caciques sindicales. De esa forma, la Presidenta da crédito a la muchedumbre reunida, cuando en verdad su poder radica en haber ganado holgadamente las elecciones en el pasado octubre.

La solución constitucional

El artículo 22 de la Constitución no da dos lecciones: primero dice que “el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes”; y, en la segunda parte, la Carta Magna llama sedición a la parcialidad reunida “que se arrogue los derechos de [todo] el pueblo”. Lo que en el fondo quiere decir es que Cristina no necesita de la Plaza llena de cliens para mostrar poder porque en las elecciones —la única vez en la cual es legítimo decir que está todo el pueblo— se le confió a ella la primera magistratura hasta 2011. El único pueblo es el que se manifiesta en los comicios; lo demás, más que el pueblo —diría un anglosajón—, es una pueblada.

¿Qué ella gobierne hasta el 2011 significa que puede hacer lo que quiera? Desde luego que no. Aquí se presenta el espinoso problema de cómo balancear las máximas constitucionales citadas con el derecho de petición y, en definitiva, si es posible tildar de pueblada a las muchedumbres ruralistas.

Sin duda que ellos tampoco representan al “todo”, de modo que encajan, como la Plaza oficialista, en la calificación negativa de la Constitución. Esto es claro, igualdad ante la ley: cortar rutas está mal, lo haga Castells o Anchorena. Lo que pasa es que el Gobierno no tiene autoridad moral para reprimir porque toleró a más no poder a los piqueteros afines y a los asambleístas de Entre Ríos, a la vez que criticó a Macri cuando quiso ponerle coto a esa forma (ilegitima) de protesta.

Pero el problema que trasunta todo esto es, en verdad, la falta de representatividad. La Constitución da por sentado un sistema de representación (formal) que en la dimensión sociológica de la política no se da, lo que termina habilitando a recurrir a formas oblicuas (y a veces ilegales) de peticionar. Y ahí sí es el Gobierno quien tiene la carga de enmendar al sistema en crisis, llevando a cabo la prometida reforma política y facilitando mecanismos de acuerdos entre sectores. El Congreso, de mayoría oficialista, bajo este pretexto no discute ni permite el disenso, cuando en realidad es el órgano genuino que viene a compensar la unipersonalidad del Poder Ejecutivo: ahí están las fuerzas políticas colegiadas que lograron el favor eleccionario.

El Parlamento no tuvo incidencia alguna en el conflicto con el campo. Lo que hubo fue una Presidenta que recogió la mala tradición de la Plaza y un sector que para manifestarse adoptó una vía alternativa al sistema de representación constitucional. En épocas de conflicto es cuando se hace patente la necesidad de sanear el sistema y, también, enfatizar la importancia del acto eleccionario (que muchos toman como una perdida de tiempo) como la gran posibilidad de ejercer la soberanía ciudadana. A Cristina la eligieron hace pocos meses, ella ganó, y sólo recién dentro de cuatro años todo el pueblo podrá manifestarse. Lo demás, de un lado y de otro, son parcialidades. A la democracia la hacen grande los plazos, no las plazas
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Democracia Joven

Una historia mal contada

CRISTIAN SALVI
El Eco de Tandil, Marzo 23 de 2008
Reproducido por Nueva Era (29.09.08)
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Mañana se conmemora el “Día de la Memoria, la Verdad y la Justicia”, según la denominación dada por la ley que consagró el feriado. Se trata de recordar un episodio negro de la historia argentina: el día del golpe cívico-militar llevado a cabo el 24 de marzo de 1976 encabezado por la Junta Militar, asumiendo el poder bajo la autodenominación de “Proceso de Reorganización Nacional”. Por prudencia ante la corriente estereotipización binaria (que, con simplismo, sostiene que se es militarista o bien montonero, sin admitir otra categoría), en primer lugar hay que remarcar que —como el autor de esta columna— se puede estar al centro de las interpretaciones radicales, nomás con el objetivo de mejor comprender qué pasó.

Los constructores del relato

La historia ha servido muchas veces para legitimar a gobernantes y a sus discursos. De allí que suele decirse que a la historia la escriben los que ganan, que de acuerdo a sus pretensiones construyen un relato para una legitimación actual, del presente, asentada sobre su interpretación del pasado.

Paradigmático de esto es la llamada historia oficial decimonónica, cuyo símbolo es Bartolomé Mitre. Allí era menester consolidar la idea de Nación en un vasto territorio relativamente vacío que a la vez recibía a miles de inmigrantes. Por eso fue necesario exaltar a determinados líderes, a quienes se presentaban elevados al bronce, mientras que otros personajes fueron relegados por su disfuncionalidad para con el régimen que discriminaba quienes eran los próceres necesarios.

Con objetivos menos nobles que los de Mitre, el Gobierno de los Kirchner se apropió, demagogia mediante, del discurso de los derechos humanos autoproclamándose como los nuevos intérpretes de la historia. Y como toda maquinaria propagandística, procuró crear una ecuación de identidad entre los derechos humanos y ellos, de modo que quien no esté con ellos, no quiere el respeto de los derechos humanos. Ese accionar se vio abonado por dos grupos disímiles y antagónicos que luego se encaminaron en la misma dirección.

En primer lugar, las asociaciones de derechos humanos pobladas por una izquierda conservadora y reaccionaria, que desde hace treinta años cimenta su cada vez más magra participación política en exhibir su interpretación de los sucesos de la Argentina durante la última dictadura. Nada más. Y no dicen toda la verdad, como por ejemplo que sectores de la izquierda argentina, como el PC, pactaron con las dictaduras: no les era difícil, porque adherían a las autocracias de la URSS y a la de Castro, del mismo modo que en 1939 habían apoyado al Eje cuando Stalin acordó con Hitler repartirse Europa.

El vicio mayor de esas organizaciones es haber hipertrofiado de ideología un tema serio como el de los derechos humanos, generando una parcialización del concepto: sólo algunos humanos tienen derechos humanos. Por eso para Bonafini las víctimas del ERP y de Montoneros no tenían derechos humanos, como no los tienen las de las FARC ni las de Al Qaeda. Grueso error, porque cuando se le quita esa universalidad óntica a los derechos humanos se abre el grifo para que luego venga alguien que continúe con la parcialización aunque invirtiendo al sujeto tutelado. Es decir, el discurso de Bonafini es el de Videla, pero al revés. Ambos, detestables.

El otro sector que apuntaló a los Kirchner es el multifacético peronismo (hoy de “izquierda”, “progresista”) que parece haber olvidado que el terrorismo de Estado empezó con un gobierno de su signo, esto es, el que presidía la esposa de su líder. El famoso decreto 2072/75 firmado por la señora Perón (y refrendado por los ministros Cafiero, Ruckauf y otros) ordenó al Ejército —literalmente— el “aniquilamiento” de los subversivos. Y que contar de la Triple A, dirigida por López Rega que era ministro de Bienestar. ¿Qué decir? ¿Y respecto a que fue también un gobierno de su signo el que indultó a los criminales de lesa humanidad que habían sido juzgados con creces por la Justicia de la democracia? Esa mutación es el secreto de su permanencia, lástima que los votantes no se den cuenta.

¿Quien puede tirar la primera piedra?

Nadie puede tomar el poder sin un considerable consenso social. Es imposible, toda legitimidad es en última instancia sociológica. La sociedad argentina, aceptémoslo en pos de honrar la memoria que se conmemora mañana, en su mayoría apoyó el golpe. Ahí estuvieron empresarios, sectores políticos, eclesiásticos, periodísticos y sindicales y, en fin, una gran porción de la ciudadanía. Lo pedían con la falsa creencia que el desorden era un vicio de la democracia. Confundieron la democracia con el caos del Gobierno de Isabel. No hay un único culpable. Pero claro, es más fácil cargar los pecados sobre el chivo expiatorio y mandarlo al desierto, bien lejos si es posible.

Pasemos en limpio: las víctimas de terrorismo (el de Estado y también el privado) no son de derecha ni de izquierda, son victimas; los terroristas no son de derecha ni de izquierda, son terroristas. Los derechos humanos nos importan a todos, aunque no seamos kirchneristas. También la verdad nos importa a todos. Ya que estamos en Pascua, vale recordar aquella frase evangélica que dice: “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Una buena forma de liberarse es obviar toda interpretación oficial funcional al régimen de turno.

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Democracia Joven

Seguridad e ideología

CRISTIAN SALVI
El Eco de Tandil, Marzo 9 de 2008

Alguien dijo alguna vez que el mayor logro del diablo fue haber difundido eficazmente la idea de que no existía, y de ese modo hacer de las suyas sin que sospechemos nada. Con las ideologías ha pasado lo mismo: se ha dicho que murieron, que ya no existen, y bajo esa creencia solemos dejar de considerar qué hay detrás de diversas “recetas” que a diario esgrimen los actores políticos. Por diversas razones, las ideologías —como el concepto mismo— han caído en desprestigio, y por eso parece más efectivo presentarse como parte de una solución técnica, que contiene una respuesta “científica” a determinado orden portando una “neutralidad” tal que se ha escindido incluso de la subjetividad de aquel que la formula.

Esto fue muy notorio en la economía de hace unos veinte-treinta años con el auge de medidas “técnicas” contra el estatismo que pregonaban los llamados “tecnócratas” (de ahí el apelativo: algo así como gobierno de la técnica). En verdad eran liberales, pero no podían decirlo porque habían traicionado las bases del liberalismo ya que so color de imponer la economía libre acordaban con dictaduras que eliminaron las libertades individuales y políticas, cronológica y ontológicamante anteriores a las del mercado.

Las ideologías están y necesitan dialogar

Este prefacio para decir que las ideologías no murieron, sino que más bien se escondieron tras los discursos. Y esto también se da en la discusión de la “cuestión criminal”. Más, la criminología también tuvo su época tecnocrática con el positivismo de fines del siglo XIX y principios del XX —con gran arraigo en nuestro país—, cuya decadencia devino cuando se agotó el paradigma que a todas luces escondía tras su exactismo.

Hay que decir también, en pos de sincerarnos, que no está mal que haya ideología en una postura, si entendemos por ello una sistematización de ideas en atención a un objeto que dan cuerpo al pensamiento. Tal es, en definitiva, la definición del diccionario. Lo objetable es esconderla bajo un discurso “neutral” porque de esa manera se confunde a los receptores muchas veces desorientados y, también, cuando la ideología se radicaliza hacia un “ideologismo” que sería el caso próximo a la “pantología” (pantos hace referencia a todo), donde una sistematización se reivindica como la única y exclusiva intérprete de la realidad, llegando a exigir que los hechos se adecuen a ella y no al revés.

Por eso en temas públicos como es el de la seguridad, lo que hace falta es dialogo (el dia-logos, al contrario de la panto-logía y del mono-logo, da cuenta de que la razón es compartida dos —o más— que la intercambian), y que las personas corrientes se involucren aportando el sentido común que falta en los polos radicales, sean los Patti (“los delincuentes no son personas”) o los Bonafini (“los policías no son personas”).

En qué podemos estar de acuerdo

Todo dialogo parte de un acuerdo, de un lenguaje común, adonde intercambiar razones. ¿En qué podemos coincidir? ¿Qué sector del paisaje de la inseguridad —recordando la metáfora de la teoría orteguiana del espectador— es percibido similarmente por nuestras miradas heterogéneas? He aquí cinco premisas, meramente ejemplificativas, en las que todos podríamos estar de acuerdo:
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- No hay absoluta relación entre pobreza y delito. Los pobres son quienes más sufren el delito (para ellos no hay seguridad privada), y es un error, encima, asociarlos con el crimen. Es posible que alguien hurte para satisfacer una necesidad, pero de ahí a creer que son delincuentes es una franca discriminación.
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- Aumentar las penas de poco sirve. El Código Penal, que data de 1921, sufrió ¡más de novecientas reformas!, de las cuales la mayor parte fue para ampliar las penas. No sirve. Lo más importante es que se apliquen: el delincuente no se atemorizará si aun cuando el delito tenga una pena en abstracto de cincuenta años, sabe que nunca lo atraparán por cometerlo.
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- La delincuencia organizada es el foco a enfrentar con más énfasis. El sistema penal está colapsado, de manera que, por lo menos hasta repararlo, los pocos recursos que tiene no pueden gastarse en perseguir a ladrones de gallinas. Es el crimen estructural el que mayor daño provoca, y entre ello están también los llamados “delitos de cuello blanco” como la corrupción policial.
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- Las últimas dos: reprimir no es mala palabra, la represión es ilegitima cuando lleva el aditivo de “ilegal”, pero la fundada en ley con los órganos competentes es parte de todo sistema democrático que tiene reglas de convivencia. La otra es complementaria: el garantismo es algo bueno, porque justamente esa legalidad estará satisfecha si se respetan esas garantías constitucionales que hacen legítimo al poder penal.

Muchas conclusiones pueden sacarse de todo lo anterior, pero como colofón sobresaliente vale decir lo siguiente: desde que comenzó a crecer el delito la reacción se ha caracterizado más por discusiones bizantinas y enfrentamientos estériles que por un compromiso serio para dar una solución, que no puede ser mágica por cierto. Como en casi todas nuestras políticas públicas, vivimos en la lógica del péndulo, y contra esto bien podemos acordar un punto medio que haga de lengua común a esta ensalada idiomática, porque, al fin, la inseguridad es una sensación pero también una realidad que nos desbordó.

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