8.2.22


No hay drogadictos felices

CRISTIAN SALVI

El Eco de Tandil, 8 de febrero de 2022



El complejísimo fenómeno de las drogas puede ser analizado desde diferentes perspectivas. La medicina, la psiquiatría, la psicología, la sociología, la política, el derecho y más. Quisiera compartir con el lector una perspectiva algo infrecuente en los debates públicos, a partir de tres magníficos libros que leí tiempo atrás. 

El temario concierne a la Filosofía de la droga. Así se titula, justamente, el primero de los libros a comentar, escrito por la filósofa italiana Giulia Sissa (Le Plaisir et le Mal: Philosophie de la drogue [El placer y el mal. Filosofía de la droga], París, 1997). 

Los otros dos libros, a los que llegué por referencias de aquél, corresponden a dos escritores consagrados que relatan en primera persona su vínculo de dependencia con las drogas, específicamente con la que es probablemente la peor y más dañina de todas: el opio y sus derivados, como la heroína. El primero es Confesiones de un inglés comedor de opio de Thomas De Quincey (Confessions of an English Opium-Eater, Londres, 1822). 

El segundo es Yonqui del escritor norteamericano William Burroughs (Estados Unidos, 1953). El título del libro es una castellanización de junkie, palabra de uso bastante extendido y habitual entre los que “se pinchan” para drogarse, generalmente, como en el caso Burroughs, para inyectarse heroína y morfina. (Abajo comparto el link para quien quiera descargar los tres libros en castellano). 



Aclaración previa: hay drogas legales

Antes de exponer la idea central de esos autores, valga la siguiente aclaración sobre algo muchas veces omitido. “Droga” no es necesariamente aquello que es ilegal. No existe sinonimia entre “droga” e “ilegalidad”. El carácter ilegal de una droga es conferido por un acto de la autoridad y no por la naturaleza de la sustancia. Es un acto político, no científico. 

Existen drogas legales muchos más dañinas que las drogas ilegales. Por ejemplo, el tabaco, el alcohol y las benzodiacepinas (que incluyen los ansiolíticos como el alprazolam o el clonazepam, más conocidos por sus nombres comerciales Alplax y Rivotril, respectivamente) son drogas legales que tienen un poder de daño y de dependencia mayor que drogas ilegales como el cannabis (marihuana). Esta afirmación tiene soporte científico y lo ilustra el conocido gráfico del neurocientista inglés David Nutt. 


Como puede apreciarse, el eje vertical del gráfico indica el grado de dependencia física de la droga; mientras que el horizontal, demuestra el daño que la sustancia causa al organismo. La heroína reúne la mayor dependencia y el mayor daño. Le sigue la cocaína (toda la cocaína, no solo la “adulterada”). El tabaco, por ejemplo, está por encima del cannabis en ambos ejes, pero el primero es legal y el segundo, no. 

Incluso la palabra “droga” es ambivalente. A punto tal que la expresión griega “pharmakon”, que se traduce como droga y de ahí viene la palabra “fármaco”, significaba tanto lo que entendemos por “remedio” como “veneno”, dependiendo en cierta medida de la forma de administración. 

La trampa de las drogas

La tesis central del libro de Giulia Sissa es que la droga contiene una promesa falsa de felicidad para el ser humano, cuyo vacío existencial, sin embargo, no puede jamás llenarse porque, en palabras de Platón, somos seres esencialmente “desfondados”. Por eso nuestros comportamientos tienden todo el tiempo a llenar ese vacío con el que nacemos y morimos. El consumo de drogas es sólo uno de ellos. 

Cuando Thomas De Quincey descubrió el opio escribió: “¡Qué resurrección interior del espíritu desde el trasfondo de sus abismos! (…) Disponía de una panacea para todos los males humanos: tenía de pronto el secreto de la felicidad sobre el que los filósofos habían discutidos durante siglos… Hete aquí que la felicidad podía comprarse por dos céntimos y guardarse en el bolsillo del chaleco; disponer de éxtasis portátiles en botellas de una pinta”. 

De allí que, como sostiene Sissa, “cualquier droga es paradójicamente anestésica”, es decir, en otras palabras, toda droga tiene por función calmar el dolor de la existencia. En tal sentido, recuerda que “años después de interrumpir el consumo de cocaína, Freud escribía con una serenidad sorprendente que el principal recurso contra el malestar de la civilización…es el uso de los «quitapesares», una expresión muy interesante para denominar a las drogas”. 

Al operar como un “quitapesares”, las drogas proporcionan una promesa de felicidad que al principio constituye un “placer positivo”. El efecto de la droga, señala la autora, es “percibido como un suplemento de plenitud, como un regalo inesperado, imprevisto e inestimable, que fascina al mismo tiempo por su intensidad y por la facilidad con que puede provocarse. Todo drogadicto es al principio un experimentador de la química de la felicidad”. 

Sin embargo, al poco tiempo, lo que comenzó siendo un “placer positivo” se convierte en un “placer negativo”, entendiendo por tal cuando la droga se consume para calmar la carencia que la propia sustancia produce. Allí se aprecia la trampa de las drogas, en la que el placer que causa es sólo un alivio a su propio mal. 

Escribió Burroughs:  “Uno no se propone convertirse en drogadicto. (…) Nadie decide ser un adicto. Una mañana uno se despierta enfermo y ya es adicto. (…) Una persona que utiliza la droga está en un estado continuo de contracción y crecimiento en ese ciclo diario de necesitar el pinchazo”. La abstinencia se vuelve insoportable y la droga, pues, en ese momento inesperado dejó de ser opcional. 

:: El autor es Magister (UNR) y Doctorando en Derecho (UBA). 

:: Link de descarga de los libros citados: https://1drv.ms/u/s!Akf4-LZ6zVmEgY8Y4jA-0aM4a1aJ8g?e=NjHX5I

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