El primer ícono falso es Julio Cobos. Ha sido elevado al pedestal por su loable decisión de seguir los dictados de su conciencia al votar contra el proyecto oficial de retenciones. Pero hacer un juicio sobre él tan solo por eso es un análisis cuanto menos recortado.
El sistema permite que el vicepresidente o un legislador vote según su conciencia pero, al menos teóricamente, es disvalioso que quien es el reemplazante de la presidenta sea un liso opositor, tal como se ha mostrado Cobos últimamente. Los signos políticos posteriores a aquella votación —que llegan hasta la creación de una fundación pensando en los próximos comicios— exceden el ejercicio de la objeción de conciencia. Todo se parece más bien a una traición (sin que importe aquí cuan ético es el traicionado y cuánto lo merezca), porque, sincerémonos, Cobos cuando abandonó la UCR sumándose a un proyecto bien alejado de las ideas de Alem sabía claramente quienes eran los Kirchner. Bien supo al aceptar la candidatura que su función sería tan reducida como la de Scioli en la gestión anterior. Como Duhalde, no puede hacerse el sorprendido por una mecánica de poder que tiene dos décadas, habiendo sido Santa Cruz el primero de los ensayos.
Cobos sin la bendición oficial no estaría hoy donde está. Mal que pese, materialmente los votos de octubre pertenecen a los Kirchner aunque el legitimado haya sido un binomio. Él mismo sabe que si dejara la vicepresidencia —actitud esperable de quien está en desacuerdo con el núcleo de las políticas oficiales, independientemente de aquella resolución 125— moriría en el olvido porque eso de encabezar las listas de popularidad es pura fugacidad dada por el cíclico e histérico humor social.
Un caso similar es el de Felipe Solá, el nuevo “presidenciable” con tradición camaleónica. De cafierista a menemista (fue Secretario de Agricultura en los ´90); de menemista a duhaldista; de duhaldista a kirchnerista; ahora, después de haber sometido a Buenos Aires a un vasallaje de la Casa Rosada que continúa Scioli, nuevamente ha emigrado y posiblemente hacia una segunda etapa duhaldista. Siempre hay excusas. Solá en octubre encabezó la lista de diputados kirchneristas por Buenos Aires, ¿recién ahora se da cuenta que los Kirchner “tienden a una hegemonía peligrosa”, como ha sostenido?
Mas ironías de las “alternativas” al kirchnerismo: Cavallo aconseja de economía y de cómo evitar una crisis; Barrionuevo funda una “verdadera CGT para el pueblo trabajador” porque está cansado —dice— tanto de la corrupción de los Kirchner como de que Moyano no democratice al movimiento obrero; los Rodríguez Saá, que gobiernan San Luís hace veinticinco años, piden alternancia; Duhalde es la esperanza; los que echaron Cobos de la UCR, ahora, porque “mide”, piensan en repatriarlo. Falta que Alberto Fernández se autoproclame como “el cambio”. En las crisis, lo viejo vuelve vistiendo disfraces nuevos; es el devenir circular de la historia con la lógica del eterno retorno.
Rectificar o ratificar, esa es la cuestión
Las falsas expresiones del cambio no llegarán lejos si no cuentan con el aval electoral por lo que la clave es impermeabilizarse de la estrategia de maquillar lo viejo para que permanezca el mismo tejido de poder. ¿Recuerdan el cual era el eslogan de Cristina en las elecciones? “El cambio recién empieza”. Era una ingenuidad creer eso y las pruebas están a la vista. No cambió absolutamente nada, ni siquiera el titular último del poder que sigue siendo Néstor Carlos Kirchner.