26.10.08

Democracia joven

En busca de “la” oposición perdida

CRISTIAN SALVI

El Eco de Tandil, 7 de septiembre de 2008


Mariano Grondona apuntaba días atrás que si bien el kircherismo pierde poder, la oposición no se fortalece, siendo como un goteo en el que nadie recoge el derrame. Rumbo al 2009, si esta lógica se mantiene, el oficialismo, aun con menos poder, podrá nuevamente salir victorioso de las elecciones intermedias. En Argentina hay “oposiciones”, pero “oposición”, no. ¿Qué es entonces lo que falta para que haya?

La atomización representativa.(código)

En las democracias más consolidadas del mundo hay dos grandes sectores políticos que se van sucediendo ante el éxito o fracaso gubernamental, de modo que “la” oposición en algún momento pasa a ser gobierno, y viceversa.

Esto en el Reino Unido viene desde el siglo XIX, aunque germinó con la Revolución de 1688. En ella se perfilaron dos grandes grupos: los tories, conservadores y aliados a la nobleza y al clero; y los whigs, liberales, que congregaban a la naciente burguesía que apoyaba la prevalencia del Parlamento por sobre la Corona. Con el paso del tiempo y luego de reformas legislativas que instaban a la institucionalización en partidos, de esos dos grupos nacieron el Partido Conservador y el Partido Liberal, siendo éste, desde la década del 20 del siglo pasado, progresivamente reemplazado en la representación el arco reformista por el Partido Laborista, que gobierna desde 1997, primero con Tony Blair y actualmente con Gordon Brown.

En Estados Unidos, desde que el Partido Republicano llegó a la Presidencia con Abrahán Lincoln en 1860, todos sus presidentes han sido republicanos o demócratas. El bipartidismo es absoluto; la legislación abona eso —con pisos mínimos de representación para lograr un escaño, por ejemplo— pero el sistema es, ante todo, un producto de su ordenada cultura política.

Si bien Argentina nunca tuvo un riguroso bipartidismo, cierto es que el PJ y la UCR dominaron los últimos sesenta años de la vida política (excluyendo, claro, al Partido Militar, según la expresión de Horacio Verbitsky). Las terceras fuerzas no sobrevivieron a sus fundadores, y prueba de ello fueron la UCeDé, el FREPASO y Acción por la República, el partido creado por Domingo Cavallo. Sin alianzas, el Pro y la Coalición Cívica van por el mismo camino.

En una degradación que venía de los ’80, con la crisis del 2001 hasta los partidos tradicionales terminaron de explotar, generando una diáspora de líderes que modificaron ese dualismo que más o menos había. En las elecciones de 2003, con la ayuda de Duhalde que suspendió las internas obligatorias, se presentaron tres candidatos peronistas (Menem, Rodríguez Saa y Kirchner) y tres radicales (Moreau, Carrió y López Murphy). El PJ, como tal, no presentó candidatos, y la UCR sacó menos del 3 por ciento. En 2007, hubo dos fórmulas encabezadas por peronistas y secundadas por radicales (Cristina–Cobos y Lavagna-Morales).

Hoy se ha llegado a la fragmentación máxima. En la Cámara de Diputados, que concentra toda la representación electoralmente válida del país, hay 257 legisladores en 35 bloques; un solo bloque (Frente por la Victoria – PJ) tiene 128 diputados, por lo cual, entre los demás (algunos de los cuales no son “opositores”, pero actúan separados del kirchnerismo) hay 129 legisladores con 34 bloques. Un promedio menor a cuatro legisladores por bloque, dado porque hay un total de 17 monobloques, es decir, “bloques” que cuentan con un solo legislador.

En el Senado la atomización es menor, pero no deja de ser un órgano fragmentado si se le compara con sus pares de otros países. Por ejemplo, el poderoso Senado norteamericano tiene 100 miembros, que se reparten entre 50 demócratas, 49 republicanos y un independiente. Por su parte, la Cámara de Representantes —equivalente a nuestra Cámara de Diputados— tiene 435 legisladores, de los cuales 233 son demócratas y 202 republicanos.

Unidos son mayoría

Reedificar el bipartidismo (insistimos con los partidos porque son “instituciones fundamentales” del sistema, al decir de la Constitución) es para nosotros ilusorio en el corto plazo. Sabemos que uno de los “partidos” sería el kirchnerista, ¿pero quién será el otro? Todos querrán ocupar ese espacio de “la” oposición, pero nadie por si mismo tiene con qué. Mientras tanto, la debilidad opositora es total.

Argentina puede ordenarse políticamente si va hacia un sistema de alianzas con vocación más duradera que una elección. En Alemania, Francia e Italia, por citar algunos casos, son las coaliciones las que se reparten la representación. Cerca nuestro, el caso chileno es ilustrativo: la Concertación gobierna desde la restauración de la democracia, tras la salida de Pinochet en 1989, en una civilizada (e inaudita aquí) convivencia entre democratacristianos y ex comunistas que ha sido la carta para evitar que la derecha (adversaria común de aquellos) gane la Presidencia.
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Nos quedará para más adelante reflexionar sobre cómo pueden generarse e integrarse esas alianzas en Argentina. Por lo pronto, concluimos señalando que sólo con la erradicación del sectarismo opositor se puede vencer a la cada vez menor “hegemonía K”: es hora de recoger su desmembramiento de legitimidad. Hasta ahora, parece que ni la aversión de soportar a los Kirchner cuatro años más incita a la oposición a juntarse para triunfar en 2009 y en 2011. (código
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