15.6.09

Democracia joven

¿Por qué Kirchner no debate?

CRISTIAN SALVI

El Eco de Tandil, 14 de junio de 2009

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El programa televisivo A dos voces está organizando un debate entre los candidatos a legisladores. La producción ya logró la aceptación de los principales cabezas de lista a diputados por Capital Federal (Prat-Gay, Michetti, Heller y Solanas) y, respecto a la Provincia de Buenos Aires, dieron su confirmación De Narváez, Stolbizer y Sabatella. No así el candidato del Frente por la Victoria Néstor Kirchner, que ni acusó recibo de la invitación. Desde ese sector si prestó su acuerdo Daniel Scioli, pero no es él quien encabeza la nómina.

Mientras tanto, en medio de la polémica en torno a la citación de De Narváez a prestar declaración indagatoria, el candidato de Unión-Pro desafió a Kirchner a un debate público para confrontar las propuestas de cada cual a las elecciones del 28 de junio. Kirchner dejó trascender su negativa.

Para qué debatir.
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El uso de la tecnología ha modificado la dinámica de las campañas electorales a punto de que la televisión e internet se han constituido en las nuevas ágoras de la democracia posmoderna. La elección presidencial norteamericana dio muestras acabadas de este fenómeno proyectando los temas allí debatidos a todo el planeta. Obama, en particular, explotó el uso del Facebook, YouTube y de los SMS como una herramienta quizá más poderosa que la televisión misma.

Los beneficios del uso de la tecnología en la democracia están fuera de discusión. Sin embargo, esas formas comunicacionales suelen ser también enmallados mercadotécnicos que “crean” candidatos cuan si fueran productos comerciales para lograr con ello la adhesión del votante-consumidor. La “construcción” de un candidato que en la realidad no tenga nada positivo es un trabajo posible para un experto en marketing político. La campaña de De la Rúa en 1999 fue prueba de ello al presentarlo como un “hombre de decisión” que terminaría con la corrupción.

De allí que el debate televisivo, usado por primera vez en 1960 entre Nixon y Kennedy, siga teniendo vigencia y necesidad porque, a pesar de pertenecer a la democracia tecnológica, empero impide esa escenificación ficcional del candidato que se presentará a debatir frente su adversario y ante millones de espectadores tal cual es. Los asesores y el marketing no estarán al aire. Es lo más parecido que se inventó desde que el modelo asambleario ateniense dejó de usarse porque la cantidad de habitantes impedía la participación de todos los ciudadanos, dando lugar, para su reemplazo, a la democracia indirecta. En esta asamblea virtual están los candidatos y millones de votantes que pueden intervenir por teléfono al instante como si estuvieran presentes en el escenario del debate.

Esto muestra como el debate televisivo concentra, por un lado, el beneficio de la tecnología multiplicadora de recipiendarios pero, a la vez, también todas las ventajas de la asamblea presencial en la cual el candidato está a la vista sin el ropaje engañoso que trajo aparejada esa nueva forma de comunicación masiva.

A esta justificación pragmática se le agrega otra que pertenece al núcleo mismo de la democracia, esto es, el derecho a la información que el votante necesita para poder elegir entre varias alternativas. Tomando una categoría del Bioderecho, podríamos decir que el acto eleccionario supone un “consentimiento informado”.

Esta idea ha convertido a los debates televisivos y a las conferencias de prensa en verdaderas instituciones de la democracia norteamericana. Kirchner no accede al debate porque va primero en las encuestas entendiendo que no conviene arriesgar esa ventaja. Es un razonamiento frecuente en Argentina. En Estados Unidos, en cambio, quien no está primero asiste al debate como una oportunidad de posicionarse, pero también lo hace quien lleva la delantera porque sabe que la inasistencia es razón suficiente para que los votantes ya conquistados le quiten su apoyo al interpretar que se está rehusando a las defensa de sus ideas, ocultándose tras la mercadotecnia política con una mezcla de cobardía y mendacidad. En otras palabras: algo esconde al no querer debatir, ergo, miente para lograr la adhesión popular.

Las presidencias monologales

Las presidencias de Néstor y Cristina Kirchner estuvieron signadas por la renuencia a los debates. Ninguno asiste al intercambio con sus adversarios políticos, aun cuando ella es una excelente oradora y con gran experiencia parlamentaria.  Él, durante sus cuatro años y medio de gobierno, no dio una sola conferencia de prensa; ella sí, pero contadas veces y casi siempre en forma de monologo y prohibiendo la repregunta, con lo cual, poco útiles son. La estrategia comunicacional es la cátedra del ambón en actos donde están rodeados de aduladores que le festejan  todo lo que dicen.

Los ministros y los legisladores kirchneristas siguen el modelo de sus líderes. En los informes ministeriales ante el Congreso, los funcionarios hacen una exposición monologal sin que los legisladores (destinatarios del informe) puedan intervenir. Esa lectura ininterrumpible frustra la finalidad de ese instituto de origen constitucional, pensado para que los legisladores, en vez de recibir individualmente un informe escrito, se reúnan en el recinto para preguntar o pedirle aclaraciones al funcionario. También en el Congreso, la mayoría kirchnerista, siguiendo las órdenes de la Casa Rosada, ha “administrado” qué se debate y qué no en las cámaras: no se trataba de la aprobación de tal o cual proyecto, sino de ni siquiera habilitar la apertura de la sesión al no prestar el quórum suficiente.

Aunque sería una buena idea implementar una reforma al Código Electoral por la cual se instituyan debates obligatorios (por ejemplo en el canal público), con eso no bastaría si no es la ciudadanía la que impone una sanción a aquel que rehúsa nada menos que a decir por qué quiere que lo voten. De hecho, en Estados Unidos, el debate no es un requisito normativo sino una exigencia de los votantes antes de elegir a quien le dan lo más importante que tienen como ciudadanos de una democracia. Quizá esta elección sea la que permita dar un paso en ese sentido.. 
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8.6.09

Democracia joven

Los actores, el modelo y el sistema

CRISTIAN SALVI

El Eco de Tandil, 7 de junio de 2009

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Las elecciones propician la discusión acerca de los problemas que sufre la Argentina. Los sectores en disputa aportan un diagnóstico y, en general, diversas propuestas resolutivas en base a aquel. El diagnóstico sobre el origen de los problemas puede indicar que ellos nacen en el modelo de gestión de un determinando gobierno (“plan gubernamental”), en los ejecutores de las políticas o, según la postura más radical, en el sistema mismo (“plan institucional” o transgubernamental). 

El actual candidato a diputado Néstor Kirchner dice que en las próximas elecciones se discute el “modelo” y que la continuidad de éste dependerá de que los votantes le den el triunfo al oficialismo en los próximos comicios. El modelo serían las líneas fundamentales de su gestión y de su esposa. En su discurso, presenta una antinomia entre su modelo y el implementado en la década del ‘90 que abarcaría también al gobierno de De la Rúa.

Elisa Carrió sostiene que más que las bases de un modelo, la discusión radica en discernir la honestidad y la corrupción de entre los que tendrán a cargo el gobierno de la Nación. Su tesis es que el problema sobresaliente de los últimos gobiernos argentinos ha sido la alta corrupción, más que la formulación de un plan político y económico, pues, según ella, ni un liberal ni un socialista honesto habrían tolerado el hambre, la pobreza, la desocupación ni la destrucción del Estado. Para ello invoca antecedentes comparados, que van desde España, Alemania, Gran Bretaña y Estados Unidos hasta Brasil y Uruguay, que progresan tanto con gobiernos de derecha como de izquierda. Si lo esencial para un buen o mal gobierno es la intensidad de la corrupción, para Carrió, Menem y Kirchner no son antinómicos a pesar de las diferente políticas aplicadas, sino que se mantiene la misma matriz que, además, es ejecutada por prácticamente los mismos actores (casi todos los kirchneristas de hoy fueron antes menemistas).

También para la izquierda más coherente hay identidad entre los gobiernos de Menem y Kirchner, pero no sólo por la corrupción, sino fundamentalmente por el modelo económico (que sería intrínsecamente corrupto por su injusticia). Según ellos, Argentina estuvo siempre dominada por un mismo régimen fundamentado en la estructura económica de concentración que se remonta hasta los tiempos de la colonia, donde la dialéctica de dominación se daba entre los españoles y los indígenas. En rigor, no dicen que sea un problema de modelos sino del sistema, ya que, para ellos, el llamado modelo, por su incólume y perenne vigencia, es el sistema mismo, mantenido por todos los gobiernos. 

Estos tres diagnósticos tendrán diversas visiones sobre qué esperar de las próximas elecciones. Los dos primeros confían en que los comicios podrían contribuir a hacer prevalecer su postura, sea conservando o cambiando el modelo o los ejecutores. La izquierda, por su parte, es mayormente pesimista puesto que, desde esa óptica, más que el “modelo”, lo que hay que sustituir es el “sistema”, que sólo se cambia por una revolución, que no tiene por qué responder al sentido violento que suele dársele sino que su nota distintiva estaría dada más bien por la profundidad de cambio propuesto, inagotable en una mera elección legislativa.

Dos casos para el diagnóstico.
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Estos tres enfoques son los que en mayor o menor medida los electores usarán para decidir su voto. Cada uno de los temas que más preocupan a la ciudadanía permite ese triple diagnóstico. A falta de poder referirnos a todos, tomemos los dos más considerados (la seguridad y la economía) para ponderar como en ellos se materializa lo dicho anteriormente.

La creciente inseguridad, ¿es un problema de los que dirigen la política de seguridad? ¿Es acaso un problema de los modelos adoptados? ¿Cambió algo entre las gestiones Ruckauf-Rico, Solá-Arslanian y Scioli-Stornelli, a pesar de ser modelos y ejecutores distintos? ¿Es posible cambiar algo sin sustituir el actual sistema policial y carcelario, casi diríamos suprimiendo lo vigente y creando algo totalmente nuevo? La experiencia reciente da cuenta que por más cambios de ministros, jefes policiales o programas gubernamentales, nada cambia mientras permanezca el mismo sistema de seguridad basado en las actuales estructuras de la Policía y el Servicio Penitenciario, que son dos hordas de corrupción sistémica que trasciende a las personas.

Respecto a la economía, en los últimos cincuenta años se sucedieron alternativamente gobiernos más estatistas con otros más privatistas, pero todos finalmente fracasaron. Las privatizaciones de los ‘90, en la mayoría de los casos, terminaron en monopolios privados que abusan de su posición dominante. Cambió el modelo y los ejecutores, pero el sistema monopólico es el mismo. En aquel entonces se pensó que Argentina extirpaba los cánceres que le causaban su históricos déficits, pero nunca el Estado dejó de subsidiar a una economía llena de ineficiencias. Piénsese en los servicios públicos transferidos al sector privado que se mantienen con dinero estatal. O en Aerolíneas, que era deficitaria cuando pertenecía al Estado mientras que, luego de privatizada, ya fue rescatada dos veces de la quiebra y hoy pierde 4 millones de pesos diarios que costea el Tesoro. Qué decir del régimen jubilatorio: del tradicional agujero negro del presupuesto, al falluto sistema de las AFJP, para volver de nuevo al reparto con acusaciones de que la Anses usa los fondos previsionales para gastos corrientes y hacer demagogia. Lo mismo de la pobreza que, sea cual fuere el modelo aplicado y quienes hayan gobernado, se mantiene invariablemente estable e incluso creció respecto a veinticinco años atrás.

Podríamos decir lo mismo con cada política pública, pero con eso parece bastar para mostrar que hay algo más profundo que discutir un modelo o sus agentes. Compartiendo o no los planes de la izquierda, podemos coincidir con su diagnóstico de que el problema es del sistema como tal. Esto, y no otra cosa, explica por qué Argentina vive en un esquema cíclico donde cada cinco años renace una crisis que termina ahogándonos de nuevo, restaurando problemas añejos que jamás lograron una solución definitiva.. 
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31.5.09

Democracia joven

Las verdaderas y las falsa proscripciones

CRISTIAN SALVI

El Eco de Tandil, 31 de mayo de 2009

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Las elecciones de 1983 inauguraron la nueva democracia argentina cuya característica sobresaliente fue que por primera vez en la historia no hubo proscripciones. Todos pudieron votar, sin importar la ideología, el sexo o la clase social.

Antes de 1983, Argentina había tenido democracia en sucesivos períodos, pero ella siempre contenía restricciones para elegir o ser elegido. Cuando en 1912 se sancionó la ley Sáenz Peña, el sufragio se universalizó, pero esa nota democrática era sólo para los varones porque las mujeres no votaron hasta las elecciones de 1951. El principio de representación previsto en la Constitución (1853) demoró casi un siglo para universalizarse sin distinción de género.

En los hechos, la vigencia de la ley Sáenz Peña pereció en 1930 cuando el primer golpe de Estado institucionalizó las proscripciones por razones ideológicas. La década del 30’ es conocida con el adjetivo de infame por los fraudes electorales cometidos por los conservadores. Las elecciones libres (aunque sólo masculinas) volvieron en 1946 cuando el peronismo llegó al poder hasta 1955.

A partir de ese año, la proscripción adquirió un carácter paroxístico. No solo se vedaba la presentación de Perón (en una proscripción que duró 17 años) sino que siquiera era posible nombrarlo. Lo recién dicho no es una metáfora: un decreto-ley del 9 de marzo de 1956 firmado por  Aramburu y Rojas prohibía la simbología justicialista y hasta la utilización del “nombre propio del presidente depuesto o el de sus parientes”. El decreto tenía penas de hasta seis años de prisión para quienes lo violaran.

Los siguientes gobiernos electos lo fueron por delegación de un pueblo que no podía elegir todas las opciones: en las elecciones de Frondizi e Illia, el peronismo estaba prohibido; en la de Cámpora, el todavía proscripto era Perón. Recién en 1973, cuando  resultó electo Perón, las elecciones fueron libres, aunque siempre bajo el condicionamiento del poder militar, siendo ésta una característica distintiva con las de 1983.

Desde los comicios en los que resultó electo Alfonsín, Argentina ha sufrido crisis en su régimen democrático (sólo dos presidentes terminaron sus períodos) pero las proscripciones jamás volvieron a suscitarse. Ese es posiblemente el mayor tesoro de nuestra democracia.

¿La inhabilitación es una proscripción?.
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Luego de tanta sangre en la historia reciente de nuestro país, resulta desgraciado volver a hablar de “proscripciones” como se hizo tanto desde el kirchnerismo como de Unión-Pro.

No reunir un requisito normativo no es proscripción. No lo fue cuándo Menem no pudo ser re-reelecto porque una cláusula transitoria de la Carta Magna se lo vedaba. No lo es tampoco cuando no se reúne el requisito domiciliario (o residencial, a veces) que la norma exige para poder representar a un distrito bajo el sabio criterio que sólo quienes vivan en él pueden ser una genuina voz de sus habitantes.

La verdadera proscripción no se funda en la Constitución o en una norma legítima (el decreto de Aramburu era intrínsecamente nulo) ni cuenta con el aval de la Justicia: hay mero ejercicio del poder autoritario. Con eso bastaba. La falsa proscripción invocada al unísono por el oficialismo y un sector de la oposición es, en realidad, una inhabilitación constitucional o normativa, tipificada previamente y que cuenta con una vía judicial —con cuanto menos doble instancia— para poder merituar su comprobación en el caso concreto. No hay paralelo posible con las proscripciones pretéritas que hirieron tanto a la Argentina.

Tampoco es proscripción —u su intento— el presentarse a la Justicia para impugnar una candidatura porque con ello se cumple con el sistema republicano en el cual se le dice a un poder independiente que interprete la legislación para formar juicio sobre si se cumplen o no las condiciones para ser postulado.  No era este, justamente, el mecanismo usado entre 1930 y 1983.

El fallo del juez Blanco respecto de Kirchner es correcto: la Constitución exige dos años de residencia y no de domicilio, por lo cuál él, que vive en Olivos incluso luego de ser Presidente, cumple con el requisito. Puede no gustar, pero es así. Lo mismo respecto a Patti. Sin condena judicial firme, por más imputado que se esté, no puede imponerse una inhabilitación porque cuando se prescinde de algo certero como la sentencia requerida es donde comienza la discrecionalidad para vedar postulaciones fundadas en la enemistad política: hoy es Patti, mañana puede ser otro.

Lo de Scioli y Massa es más complejo. La clave radica en que una candidatura tiene que tener el carácter de “cierta” para ser genuina, es decir, ser una postulación positiva que invita al votante a elegirlo. En cambio, ella es “incierta” cuando el candidato vacila en si asumirá: sería una renuncia anticipada a esa oferta electoral que vicia la postulación porque se propone para aquello que no cumplirá. La Cámara Electoral —que el lunes emitiría su fallo— los emplazó a que digan si asumirán y ellos dijeron que si. Puede que mientan, pero con ello quedó satisfecho el requisito formal pues, de lo contrario, le estaríamos pidiendo a la Justicia que sepa adivinar el futuro para habilitarlos o no. En definitiva, si no asumen, pagarán un costo de tipo político por traicionar la palabra empeñada.

Una última reflexión: hay que ser cauteloso cuando se usan palabras tan cargadas de historia y de sentido. Moyano, una vez, llamó genocidio a una ley laboral: ¿Qué otra cosa es esto que banalizar a los verdaderos genocidios, por ejemplo, el holocausto con seis millones de muertos? De la misma manera, cuando a cualquier impedimento lo calificamos de proscripción, banalizamos nuestra historia, olvidando sus lecciones, e incluso menospreciando el progreso que significó dejar atrás esas prácticas.. 
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17.5.09

Democracia joven

Si Kirchner pierde, nada peligra

CRISTIAN SALVI

El Eco de Tandil, 17 de mayo de 2009

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En términos formales, las próximas elecciones no deberían preocupar demasiado al Poder Ejecutivo toda vez que, además no renovarse ese poder del Estado, en el peor de los casos, el oficialismo seguirá teniendo una importante cantidad de legisladores que le respondan y quizá hasta conserve mayoría en el Senado. Esto sucede en todas las democracias ordenadas cuando el gobierno enfrenta la renovación legislativa durante su segundo mandato consecutivo, tal como se percibe al oficialismo que, en los hechos, tuvo en 2007 una reelección vicaria.

En los Estados Unidos denominan “pato rengo” (lame duck) al presidente que cumple la  última parte de su segundo período luego de que su partido fue derrotado en las legislativas intermedias. Esos dos años suelen concentrarse en los sucesores ya que el proceso electoral, precedido por largos comicios internos, dura prácticamente todo ese período al extenderse a cada estado de la Unión. La idea del “pato rengo” da cuenta de que el presidente no contará con un aval absoluto en el Capitolio. Nada más. Caminará rengo, o sea, teniendo que apoyarse en las decisiones autónomas de otro poder, pero caminará. Nadie habla de “crisis de gobernabilidad” ni menos aun de que el gobierno podría renunciar.

La renovación legislativa con posibilidad de resultados adversos es un componente inherente de la democracia republicana. En éstas, hay “poderes”, en plural, que se renuevan en elecciones diferentes, y no un solo poder ejercido en la Presidencia que se plebiscita en cada comicio. ¿Para qué sino existe un Congreso bicameral que tiene recambios parciales? Sólo quienes no pueden concebir el poder sin el carácter de absoluto —tal como es el caso de Néstor Kirchner— pueden ver en esa mecánica de renovación algo anómalo. Para Kirchner, el poder, es “todo” el poder. Siempre lo concibió así. No le basta con la Presidencia y con ser la primera minoría en el Congreso, ni con dirigir al poderoso PJ mediante una lógica corporativista donde “el” partido está enclavado en el Estado y confundido con los poderes públicos, como sucedía en el fascismo y en el peronismo de la primera etapa. “Vamos por todo”, decía Guillermo Moreno en un acto en la Capital, y ese parece ser el objetivo planteado por el oficialismo.

El todo o nada... ¿y si es la nada?.(código)

La lógica del todo o nada es riesgosa siempre: si logran el objetivo pretendido, la quedará renga no será la Presidencia sino la República; si no lo logran, el riesgo es que crean que no hay sentido de continuar porque no tienen más poder (porque para ellos, éste lo es en tanto sea absoluto).

Ahora le echan la culpa a la prensa y a la oposición, pero fueron referentes del kirchnerismo los que dejaron entrever que era verosímil el abandono del Gobierno si perdían las elecciones. Así lo dijo el piquetero ultraoficialista Emilio Pérsico semanas atrás. Además, implícitamente, esa hipótesis es invocada por Kirchner, que en sus discursos públicos insiste en que si no resultan triunfadores, se avecinará una crisis institucional a la que compara con la de 2001, cuyo núcleo fue la renuncia anticipada de un gobierno y la consecuente ingobernabilidad. ¿Quién más irresponsable que él al formular esos pronósticos?

¿Quién más contribuye a la hipótesis de ingobernabilidad que el propio kirchnerismo que, por ejemplo, lleva de candidatos legislativos al gobernador y al vicegobernador la Provincia de Buenos Aires y, ahora, anuncia —posiblemente para evitar impugnaciones— que ellos asumirán sus bancas, lo que, en los hechos, es asegurar la futura acefalia provincial?

El discurso del “yo o el caos” estuvo presente en año pasado en el conflicto por las retenciones. En su discurso previo a la votación, un Kirchner enajenado sobredimensionaba el objeto en disputa, que no era ni más ni menos que una resolución impositiva. Es decir, no peligraba un Gobierno por eso. Sin embargo, el riesgo es introducido discursivamente al absolutizar lo relativo pues, de esa forma, se difunde el mensaje de que si aquello que originariamente era secundario no está, nada hay. Se confunde a la sociedad pero, sobre todo, es el propio emisor quien queda preso de su mensaje: tras el voto de Cobos, nada tremendo pasó, ¿Dónde estaba, entonces, el riesgo anunciado?

El oficialismo va a perder las elecciones, si entendemos por ello que desde el 10 de diciembre tengan menos legisladores de los que reúnen hoy. Esto será así por dos razones. Una, porque ellos, siendo ahora mayoría, ponen más escaños en riesgo. La segunda es que, aun ganando Kirchner en Buenos Aires, al ser una elección legislativa y siendo su ventaja de pocos puntos, la cantidad de legisladores que se llevará no será abrumadora. Y a ello, súmase que saldrán segundos o terceros en el resto de los distritos que más bancas aportan, o sea, en Capital Federal, Córdoba, Santa Fe y Mendoza. Un país ansioso de federalismo se rebela contra el centralismo ahora corrido al segundo cordón del Conurbano donde el kirchnerismo, a fuerza de clientelismo y vaticinios calamitosos, apuesta todas sus fichas.

En términos reales, a pesar del mensaje agorero y fatalista de Néstor Kirchner y sus acólitos, no hay riesgos de que, por el próximo comicio, sea cual fuere el resultado, peligre la gobernabilidad. Tras ocho años de mandato, Carlos Menem también sufrió la derrota legislativa en 1997 y sin problema alguno siguió gobernando dos años más e incluso especulando con una re-reelección sin que nadie cuestionara su autoridad, ejercida, cierto es, con un talento que los Kirchner no tienen. Por su parte, es verdad el gobierno de De la Rúa se vio herido con el triunfo del peronismo en 2001, pero su debilidad, en especial, obedecía al descrédito social causado por la tremenda crisis económica que fue enormemente más determinante que la pérdida del comicio. Nada de ello hoy está presente. El kirchnerismo, por tanto, si la ciudadanía así lo decide, puede perder tranquilo que la Argentina no peligra en absoluto.. (código)

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2.5.09

Democracia joven

Trabajo y castigo

CRISTIAN SALVI

El Eco de Tandil, 3 de mayo de 2009

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Según como concibamos el trabajo, la conmemoración de antes de ayer será interpretada como un festejo o bien como una dispensa por la cual, por un día, se deja de padecer un castigo en honor a él mismo.

En el lenguaje cotidiano, muchos conciben al trabajo como un castigo: “¡Cuándo dejaré de trabajar!”, es una locución con un suspiro equivalente al de aquel que quiere dejar de padecer algo. La misma idea de jubilar hace mención a “júbilo” (iubĭlum, iubilāre), una alegría del que no tiene que trabajar más. También la corriente sentencia de padres que exhortan a sus hijos a “estudiar o trabajar” contiene un rasgo sancionatorio donde el trabajo es la consecuencia de un mandato incumplido.

Este fue el sentido bíblico que de alguna manera forjó el acervo cultural que asocia el trabajo con el castigo. En el Génesis, el trabajo aparece como una de las consecuencias del pecado original: «Porque hiciste caso a tu mujer y comiste del árbol que yo te prohibí, maldito sea el suelo por tu culpa. Con fatiga sacarás de él tu alimento todos los días de tu vida... Ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, de donde fuiste sacado...» (Gn. III, 17 y 19).

En la tradición hebraica, el día más importante era el sábado (su raíz Sabbat significa descanso), momento en el cual los judíos no trabajaban para rendir culto a Dios. El trabajo era mundano; Dios merecía un día especial, en el cual no se debía trabajar, so riesgo de profanarlo.

Con el advenimiento del cristianismo, el trabajo formó parte de la vida monástica pero siempre con sentido ascético. El ideal era la contemplación, la pasividad, en sintonía con la física aristotélica que entendía que el estado natural de las cosas es el reposo. Su derivado metafísico, en el tomismo, concebía a Dios como el motor inmóvil de Aristóteles al que se emulaba contemplándolo.

En el protestantismo, esa ascesis de mundanizó y, según la conocida tesis de Max Weber en La ética protestante y el espíritu de capitalismo, al orientarse el trabajo a la obtención de un beneficio mundado se sembraron las bases del capitalismo. Pero aun así, el trabajo no era un fin en si mismo, sino un “sacrificio” en aras de la salvación. La versión católica —perfeccionada— de esa tesis llegó en el siglo XX de la mano de San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, organización cuya idea príncipe es que el trabajo es una herramienta de santificación, siendo  allí —y no solo en el templo— donde los cristianos se hacen santos. El Génesis fue reinterpretado: mientras Dios descansa en el largo séptimo día, el hombre continúa su obra creadora mediante el trabajo. El trabajo, por tanto, en vez de un castigo es una encomienda divina. Esto fue recogido luego por el Concilio Vaticano II.

Antes, en el siglo XIX, el trabajo había pasado de ser un sacrificio espiritual a un castigo institucionalizado en la prisión, con lo cual, aquella idea bíblica era materializada por el Estado mismo. En Vigilar y castigar, Michel Foucault señala que, en la naciente Revolución Industrial, la prisión tuvo una perfecta funcionalidad consistente en ser instrumento de adiestramiento del cuerpo para el trabajo. Todavía hoy algunos insisten en el “trabajo forzoso” como sanción penal.

Según Foucault, ese sistema sanción se extendió a la economía del mundo extracarcelario. El modelo de fábrica de producción masificada tomó la mecánica de la prisión, inaugurando un paradigma aun vigente en bastos sectores de la economía que hacen del trabajo un suplicio. El mayor símbolo de esa constante que reproduce el panoptismo carcelario es la introducción de cámaras de vídeo que instauran una vigilancia global y detallada del obrero cuan si fuera un reo. Más que nunca la idea de “patrón” hace culto de su sentido feudal: el pater vigila sigilosamente para domesticar el cuerpo útil del trabajador.

Entre lo ideal y lo real.
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¿Es posible salir de la disyuntiva entre que el trabajo es algo bueno “o” un castigo? La mayoría de la gente, aun la que ve negativamente a “su” empleo, encuentra en el trabajo una finalidad que cuanto menos excede al provecho dinerario. El trabajo en sí es visto como bueno y digno.

Ahora bien, la idea de la dignificación del trabajo tiene dos lecturas. Una es positiva porque fomenta la idea del trabajo como un servicio social, además de darle sentido a aquello que ocupa la mayor parte del tiempo del hombre. Pero el problema es que, en algunos casos, ella puede convertirse en un discurso conservador para consolidar esquemas de explotación. Sería una ilusión opiosa, una patraña, tal como escribió Nietzsche en el prólogo de El Estado griego. Allí, el filósofo alemán sostuvo que la idea dignificante del trabajo era una invención de las clases griegas acomodadas —que no trabajaban— para contentar a los esclavos, quienes encontrarían en esa ilusión un aliciente para tolerar su situación degradada. Esto es perfectamente aplicable a los trabajadores mal pagos que a diario que viven el tormento de un empleador despótico, no quedándole otra alternativa que creer que el trabajo tiene un sentido trascendental para tolerar esas condiciones sin rebelarse contra su verdugo.

La pérdida de un sentido más allá del utilitario explicaría la situación de tantos miles de jóvenes que no trabajan aun pudiendo hacerlo. Al no ver en el trabajo más que su producto, entienden que no hay justificación para trabajar por poco dinero y en condiciones desfavorables. Lo mismo pasa con la gente que recibe planes sociales, ya que con la suma de todos los programas pueden percibir prácticamente lo mismo que el salario mínimo de ley, que es a lo que se atiene la mayoría del empresariado argentino para remunerar a sus trabajadores. De manera tal que no basta con fomentar ideas acerca del sentido moral de trabajo para concientizar sobre su provecho colectivo pues ello quedará en un mero discurso si, mientras hablamos de que el trabajo dignifica, las condiciones reales y mayoritarias del mismo asumen alguna de las variantes del castigo, donde el hombre es reducido a pura mercancía.. 
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18.4.09

Democracia joven

El pecado de disentir

CRISTIAN SALVI

El Eco de Tandil, 19 de abril de 2009

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Santiago Montoya es un hereje. Su pecado consistió en decir que “no” al requerimiento oficial de prestarse a la pantomima de las “listas testimoniales”. No importa que haya sido un buen funcionario —puede molestar a los contribuyentes, pero fue un excelente custodio del fisco—, nada importa, solo que no se sometió al mandato de ser candidato a concejal en San Isidro. Scioli, obediente como siempre a la Casa Rosada, lo echó. Montoya no emuló su genuflexión.

No es la primera vez que el kirchnerismo excomulga al que piensa distinto. El mismo Scioli, cuando recién había asumido la vicepresidencia, sufrió los avatares de la senadora Kirchner que lo acusaba de traidor. Lo relegaron totalmente porque había insinuado la necesidad de que se aumenten las tarifas públicas. Junto a ello, exoneraron a todos los funcionarios de la secretaria de Turismo que le respondían de cuando el actual gobernador ocupó esa cartera durante el gobierno de Duhalde. A María del Carmen Alarcón la hicieron echar de la presidencia de la comisión del agro en Diputados cuando, allá por 2006, fue de las primeras que se atrevió a decir que era necesaria una nueva política agropecuaria. Lo mismo pasó con el ex jefe de la AFIP Alberto Abad y con Alfonso Prat-Gay, a quien Kirchner no le renovó el mandato en el Banco Central porque intentó hacer lo que la ley manda, o sea, dirigir la política económica desde ese ente autárquico. Posiblemente la próxima a que le toque es a Graciela Ocaña, cuyo desliz fue, en medio del caso de Sebastián Forza, denunciar al superintendente deServicios de Salud Héctor Capaccioli como recaudador de las “donaciones” que hacen las droguerías para las campañas oficiales. Otra osadía fue objetar la inmensísima caja de subsidios que se lleva el clan Moyano.

La lógica se siguió repitiendo y, con ello, el kirchnerismo fue perdiendo los mejores cuadros que tuvo. Por dos motivos, lo de las “listas testimoniales”, más que la causa es un efecto de esa diáspora. Hoy no son tantos los que se arriesgarían por Kirchner, por lo que la idea de involucrar directamente a los caciques tiene como fin coartarles la hipótesis de que jueguen a dos puntas. Vaya si los intendentes del conurbano tienen buen olfato para sobrevivir a los cambios políticos y, con esa técnica, ahora ya abren el paraguas en una actitud preventiva toda vez que el kirchnerismo, necesariamente, será más débil desde diciembre cuando haya perdido el control absoluto en el Congreso.
La segunda razón es que el kirchnerismo no tiene gente que mida bien para encabezar las listas. Algunos por impresentables y otros por desconocidos, pero lo cierto es que el kirchnerismo no tiene gente y de allí que en todas las elecciones echen mano a ministros para que encabecen y arrastren votos por el fenómeno de las listas sábanas. La forma de ejercer el poder del matrimonio obsta al nacimiento de liderazgos que puedan competir en elecciones por sí y oxigenar las filas oficialistas.

La política no piensa..
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Es célebre la frase de Martin Heidegger de que “la ciencia no piensa” (die Wissenschatf denkt nich), dicha en alusión al cientificismo acrítico y autómata que deja de preguntarse por el sentido último de las cosas. Parece una contradicción porque, a simple vista, la ciencia debepensar. Pero no siempre es así.

Con la política pasa lo mismo. Enseguida se supone que la política es disenso, discusión, dialogo, o sea, razonamiento de dos o más. Sin embargo, como ya advertíamos hace unas semanas, la política es un monologo del poderoso donde se ejercita un verticalismo que tiene parentesco con la disciplina militar.

En el kirchnerismo, como así también en prácticamente todos los grupos políticos, la política no piensa. Esa es una de las explicaciones de su degradación. Pero no sólo porque con eso se la desnaturalice en sus fines —aquello que la política debería ser— sino también por una razón práctica: los hombres y mujeres más pensantes no están en la política porque no pueden tolerar esa heteronomía donde siquiera es posible expresar el más mínimo disenso.

La distinción precedente viene a cuento porque desde el realismo político puede ya no importar si se debe pensar tanto como si sirve pensar. O sea, si al líder le sirven más quienes piensen por sí o quienes lo adulan asintiendo todo sus deseos. Es tan importante esto que Maquiavelo le dedicó el capitulo 23 de El Príncipe a “Como huir de los aduladores”. Los hombres —dice Maquiavelo— tienden a complacerse demasiado de sus propias obras y con eso se engañan, porque no atinan a defenderse de la adulación que engrandece su ego pero a costa de aislarlos de la realidad: “no hay otra manera de evitar la adulación que el hacer comprender a los hombres que no ofenden al decir la verdad...”. ¿De qué le sirve a Kirchner toda esa cantidad de aduladores que tiene a su alrededor? No le están advirtiendo que se estrellará contra una realidad adversa y, por no haber frenado a tiempo, en ese momento será demasiado tarde para volver atrás. Pasó con la 125.

Hay algo muy llamativo que grafica aquello de que la política no piensa. Cuando algunos líderes se alejaron del gobierno, tras ellos, también emigraron sus tropas inferiores. Por ejemplo, un montón de kirchneristas descubrieron que ya no lo eran cuando Cobos o Solá dejaron de serlo. Es normal que alguien, individualmente, no se sienta más representado por un proyecto y se vaya. Lo atípico es esa “conversión en cadena”. Hace acordar al Medioevo cuando los súbditos mudaban a la religión adoptada por el monarca, y así, por ejemplo, cuando en el siglo IV el cristianismo logró la conversión de Constantino se aseguró que toda Roma, desde aquel entonces, sería cristiana. Pero no era una religiosidad elaborada sino una mera adhesión a lo que el otro (en el caso, el emperador) pensaba. No pensaban por sí. Otro lo hacia por ellos. Vaya indignidad en la que han caído desde el momento en que lo más sagrado del ser humano es canjeado por alguna prebenda. 
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