29.3.09

Democracia joven

La disciplina de la guerra perpetua

CRISTIAN SALVI

El Eco de Tandil, 29 de marzo de 2009

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Las alianzas electorales de la oposición nuevamente se están haciendo de manera vertical. Un grupo de personas, en La Plata o Buenos Aires, decidirán la conformación de las listas para los próximos comicios. El procedimiento que se seguirá es que cada facción arme listas propias y las envíe a las cúpulas, para que éstas “negocien”. Lo sujeto a la negociación serán los primeros lugares. En el mejor de los casos, se priorizará a quien esté mejor posicionado, pero, por lo demás, la lista se conformará por cupos. Serán candidatos que no se conocen entre sí. La unión es para la batalla que se avecina. Creen que hay terminar con Kirchner y para ello todo soldado es útil.

Se sabe como terminan estas uniones. Lo que interesa analizar hoy, para ir más allá de esto que al fin no deja de ser coyuntural, es la raíz posibilitante para que el verticalismo funcione tan asentadamente. Cabe indagar por qué esto se repite en cada elección, en una regla que, sin embargo, siempre se presenta como la “última” excepción.

Los soldados-políticos.(código)

La célebre “disciplina partidaria”  tiene innegable parentesco con la disciplina militar. Están los que mandan y los que obedecen; los primeros son pocos, los segundos, muchos. El que manda nunca fue elegido por aquel que le obedece. Tampoco es el más idóneo. La relación de poder no se funda en una legitimidad por medio de sufragio. Un anhelo ideal justifica discursivamente la relación disciplinaria. Todos aceptan la obediencia para vencer al enemigo. El disenso es negativo, porque subvierte el orden y lesiona la autoridad del que dirige al conjunto. La cohesión es mejor que la dispersión porque el riesgo mayor es perder el orden y que el enemigo se aproveche de eso. Ante el desacato, viene la sanción, sin demasiados procedimientos, porque lo importante es disciplinar al conjunto, a quien se le advierte del costo de disentir.

La relación entre la estructuración del poder político y el militar bajo los mismos criterios ordenadores está presente en casi todas las obras clásicas de la construcción del poder político. El paralelo ya se encuentra entre los griegos, particularmente en Platón. Por supuesto, aparece en Maquiavelo, quien, además, para escribir El Príncipe, tuvo como una de sus fuentes a El Arte de la Guerra, de Sun Tzu, otro clásico de la materia. Luego está en Hobbes y, más acá en el tiempo, en Nietzsche y Carl Schmitt.

Un punto de encuentro llamativo es el etimológico. La palabra “militar”, como adjetivo, hace referencia a aquel que pertenece a una milicia, generalmente institucionalizada en las Fuerzas Armadas. A su vez, como verbo intransitivo, significa, “servir en la guerra”, pero también “figurar en un partido o en una colectividad”. Militante militar comparten el mismo origen etimológico en el genitivo latino militis, que significa "soldado". El militante es un soldado de la política. Su función es obedecer.

 La relación fue abordada magistralmente por Michel Foucault en su curso de 1976 en el Collège de France, publicado en 2006 bajo el nombre de Defender la sociedad. En la  página 28, Foucault analiza -e invierte- el conocido aforismo de Clausewitz, quien había dicho que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Según Foucault, en realidad, hay una etapa anterior que es al revés: la política fue una forma civilizada de continuar la lucha de poder emparentada con la guerra. Pero la idea de guerra no desapareció totalmente, sino que está enmallada con una forma democrática. Tras esa vestimenta, los partidos adoptan una disciplina militar que no despierta mayores disidencias entre los militantes, base de los partidos y últimos eslabones de la cadena de mando, emparentados con lo que el soldado es en la guerra. El militante, como el soldado, honra la causa y por ello obedece.

La excepcionalidad eterna

Desde el realismo político, la precitada tesis sostiene que, al fin, el disciplinamiento verticalista de la política no es algo anómalo, pues  ella, en su núcleo, es la continuación de las formas originarias de disputa bélica. La diferencia se da en el discurso. Cuándo se sostenía una guerra abierta, no había nada que justificar. Hoy sí, porque los regímenes, formalmente, dicen ser democráticos. Hay que justificar, por tanto, por qué no lo son, mostrar que hay un estado de excepción que habilita apelar la verticalización. Así sucedía en Roma: el dictator era necesario ante la crisis, las que el consulado no podía superar por su dilación. Lo que se denunciaba era un “exceso de democracia”, disfuncional para la época de crisis.

Las razones discursivas enfocan al enemigo. Para la oposición, es Kirchner y el mal que él encarna. Un mal cuya última tarea ha sido adelantar las elecciones y desordenarlos, por lo cual, la receta es el orden. El orden supone poco disenso, porque lo que se necesita son decisiones que prioricen una rápida respuesta. El disenso es subversivo. Si algunos militantes-soldados se revelan, hay que intervenir. Eso se hizo en el Pro de la Provincia de Buenos Aires.

Para el kirchnerismo, habituado al estado de guerra total, los enemigos son múltiples. Siempre los hubo. Todos ocuparon, aun fugazmente, el estatuto de enemigo oficial. El FMI, EE.UU., el Ejército, la Iglesia, Menem. Hoy es Clarín y la “oligarquía” del campo. Son desestabilizadores. Quieren el mal. Quieren echarnos. Yo represento al Pueblo, si me atacan es porque son traidores a la Patria. Estamos en guerra. No al disenso, porque nos hace perder tiempo. Primero hay que terminar la guerra.

Llamativamente, la oposición y el oficialismo comparten un mismo discurso bélico. En ambos, lo que era excepcional -como el dictatorromano- se hizo regla. La oposición encontró en Kirchner una perfecta excusa para no hacer elecciones internas ni debatir internamente. Pasó en 2005, en 2007 y pasa ahora. La supuesta excepción lleva cinco años. En 2011, una nueva excusa aflorará para hacer lo mismo. En el kirchnerismo, al día siguiente de los comicios, un nuevo enemigo justificará la concentración de poder. Seguirán los superpoderes,  el disciplinamiento, los ataques. La guerra es perpetua. El dictator será imperator, como sucedió en Roma el día que la excepción se hizo regla y con ello se extinguió la República.. (código)